Teoría del espejo

La teoría del espejo, o cómo vemos lo que reflejamos

Aún recuerdo como si fuera ayer a uno de mis primeros pacientes en terapia. Era un hombre de mediana edad, padre de dos hijos y muy preocupado por determinados comportamientos de uno de ellos. Al parecer, el chico adolescente mostraba conductas adictivas hacia los juegos de ordenador.

El hombre me contaba que todas los días dedicaba horas a jugar, que apenas se relacionaba y que se estaba convirtiendo cada vez más en una persona aislada. Cuál fue mi sorpresa cuando tuve la oportunidad de conocer a la familia, y finalmente “se descubrió” que en toda aquella historia, el verdadero protagonista era el propio padre. Era él quien había dejado de tener contacto con los demás por sus problemas de adicción al ordenador…

¿Qué es la teoría del espejo?

Con el ejemplo anterior estamos dando a conocer una realidad que nos atañe a todos en mayor o menor medida, y que puede convertirse en una auténtica fuente de conocimiento y crecimiento personal, o por el contrario terminar siendo un auténtico hervidero de odio y crítica hacia el otro.

Parece lógico pensar que cuando vemos en los demás determinados comportamientos o actitudes que no nos gustan, estas nos causan rechazo. Lo que no sabemos es que en la gran mayoría de las ocasiones, este foco que ponemos en dichas conductas sería una proyección de aquello que no queremos ver en nosotros mismos. Esto es a lo que se refería el psicoanalista Jacques Lacan en su teoría del espejo.

Siendo más explícitos, durante este proceso se produce una identificación de determinados atributos o rasgos de nuestra personalidad en el otro, de forma que si estas son negativas nos crearan desazón. En nosotros está el ser capaces de descubrir hasta qué punto estamos implicados en este proceso.

El otro es mi espejo

Piénsalo bien. Cuando conocemos a alguien, por muy bien que le conozcamos, nunca llegamos a saber de él ni una décima parte de quién es. Sin embargo, con relativa facilidad y rapidez, nos atrevemos a enunciar determinadas atribuciones y características que le definen. Así, por ejemplo, creemos que un amigo es desordenado, egoísta, irresponsable, o incluso feo.

Lo que quizá no nos detenemos a pensar es que cuando tendemos a ver demasiado algunas de estas características, quizá signifique que sentimos especial rechazo hacia ellas, y que precisamente podrían tratarse de rasgos que no quisiéramos ver en nosotros ni en pintura.

Según Lacan, en todo este proceso actuaría el inconsciente, que se ocuparía de reprimir aquellos atributos que no deseamos ver en nosotros mismos y que acabaríamos proyectando en el otro.

Es importante mencionar que desde que somos pequeños comenzamos a socializar a través del contacto con los demás. Es en este proceso en el que los otros actúan como espejos en los que podemos mirarnos.

No olvidemos que una de las grandes “obsesiones” del ser humano es encajar en su grupo, de ahí que resulte tan importante compararnos con el mundo para saber si esto ocurre. Lo curioso es que en todo este proceso, también llegamos a aprovecharnos de los demás en el sentido de colocar en ellos nuestros propios fantasmas, algo que actúa como un mecanismo de defensa pero que no siempre es beneficioso.

Las dos caras del espejo

Tal y como mencionábamos anteriormente, ante esta situación podemos tomar dos caminos. En el ejemplo inicial, el padre bien podía haber seguido enfrascado en que es su hijo quien tiene un problema, discutiendo con todo el que le dijese lo contrario y encerrándose en su postura.

Por el contrario, con la ayuda de los demás, bien podría aprovechar el asunto para reflexionar acerca de sí mismo. De esta forma, las críticas hacia su hijo podrían actuar como una potente linterna que estaría apuntando directamente hacia su interior, ayudándole a iluminar y cambiar todo aquello que no marcha bien. En definitiva, a crecer.

El problema de todo esto es que muchas personas nos quedamos con la primera opción, de manera que nos cuesta un mundo reconocer que los defectos de los que acusamos a los demás pueden ser propios, negándonos a aceptarlo.

El espejo inverso

Como nota curiosa de este fenómeno encontramos el denominado espejo inverso. En él, sucede justo lo contrario de lo que postula la teoría del espejo. Para que lo entendamos, una persona puede ver a otra como alguien excesivamente egoísta, significando en este caso que ella misma se ve demasiado generosa y que le gustaría ser más como la persona a la que critica.

Sería pues como una especie de envidia, en la que los atributos que vemos en el otro serían más los que desearíamos tener que los que no somos capaces de ver en nosotros mismos.

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