Obsolescencia programada

Obsolescencia programada o manipulación psicológica

“Antes las cosas se hacían para que durasen”

Esta frase bien podría haber sido pronunciada por alguno de nuestros abuelos, portando en sus manos una bombilla que llevase más de veinte años en funcionamiento. Por cierto, existe una bombilla en California que lleva más de cien años encendida…

Y es que en otro tiempo, las cosas que se fabricaban tenían un claro objetivo: ser útiles y satisfacer al consumidor durante el mayor tiempo posible. Los ingenieros, fabricantes y demás trabajadores ponían todos sus esfuerzos en crear lo mejor.

Por desgracia, las cosas hoy día son bien distintas. Precisamente con la llegada de la Revolución Industrial, los empresarios comenzaron a darse cuenta de que ese modelo de negocio no resultaba nada rentable, y que tenía más sentido que los objetos (medias femeninas, electrodomésticos, herramientas, etc) tuvieran una vida útil predeterminada de antemano.

Nacía así la denominada obsolescencia programada, un concepto que en sus inicios planteó un gran dilema ético pero que hoy en día es ampliamente aceptada.

¿Resignación? ¿Negación de la realidad? ¿Hay algo que podamos hacer?

La psicología de la obsolescencia programada: fabricar lo mediocre

Para conocer el primer caso de la llamada obsolescencia programada hemos de viajar a los Estados Unidos. Corría el año 1901, y  tuvo como primer conejillo de indias a la lámpara incandescente. Tal fue así que, aunque en sus inicios esta podía durar hasta mil quinientas horas o incluso más, varias empresas comenzaron a exigir que su vida no podía ser superior a las mil horas,  penalizando a los fabricantes.

Más tarde, el bróker estadounidense Bernard London propuso poner fin a la Gran Depresión, fabricando elementos que tuvieran los días contados. Poco a poco este modelo fue imponiéndose, y cada vez más empresas lo dieron por válido y lo aplicaban.

Lo verdaderamente curioso de esta práctica tiene que ver con la negativa inicial de muchos ingenieros y diseñadores que se veían obligados a hacer cosas de mala calidad.

“Tenemos que hacer cosas para que se rompan pronto, esto va en contra de todo lo que hemos aprendido” decían.

De no hacerlo, corrían el riesgo de ser despedidos, así que a muchos no les quedaba más remedio que utilizar materiales más baratos, introducir taras a conciencia o limitar el número de usos de un determinado aparato.

Pero, ¿hasta qué punto el consumidor tiene derecho a tolerar esto? ¿De verdad tiene sentido que hayamos permitido que esta práctica haya acabado imponiéndose?

El consumidor: una presa insaciable

No resulta muy difícil ver lo que está ocurriendo en nuestros días. El marketing, la publicidad y las grandes empresas han conseguido ampliamente su objetivo: crear un modelo de consumidor que tenga que adquirir nuevos productos con regularidad.

Para ello, además de valerse de una publicidad y unos estereotipos que casi nos obligan a estar a la última, utilizan la obsolescencia programada para que literalmente tengamos que desechar los productos pasado un tiempo.

Tal es así, que muchas impresoras, lavadoras, teléfonos móviles y demás aparatos electrónicos cuentan con chips o elementos que hacen que “mueran” literalmente al llegar a un determinado número de usos.

¿Parece increíble, verdad? Nos venden cosas que van a romperse y no nos informan de ello, aunque en realidad es un secreto a voces. Nosotros nos conformamos, gastamos nuestro dinero en ellos y tenemos todas las de perder al reclamar pues en la mayoría de las ocasiones los productos se estropean una vez pasada la garantía.

Recuerdo un caso real de un amigo que compró el mismo día un aparato cortacésped y otro para cortar los filos de su jardín. Siempre usaba ambos en cada sesión de jardinería, pues los necesitaba para terminar su trabajo. ¿Adivinas qué ocurrió? Pues que literalmente ambos dejaron de funcionar el mismo día. ¿Casualidad? ¿Mala suerte? Nada de eso… No era sino otro ejemplo más de la obsolescencia programada.

¿Se puede hacer algo?

Algunas personas invierten mucho tiempo en intensas reclamaciones que la mayoría de las veces no conducen a nada. Otras deciden comprar menos, solo para acabar dándose cuenta de que tienen tan interiorizado el mensaje de que “hacen falta muchas cosas para ser feliz” que acaban por rendirse y asumir la realidad de la situación.

En cualquier caso, y ahondando en el carácter humano de eterna insatisfacción, tiene sentido que algo así haya acabado imponiéndose.

Los empresarios, muchas veces con ingresos más que suficientes para una vida razonablemente buena, no contentos con ello han implementado un sistema para obtener más ganancias, aún a coste del malestar de sus consumidores.

Esta situación nos lleva a plantearnos interrogantes bastante oscuros acerca de quiénes somos en realidad. ¿Dónde más se están manipulando las cosas para obtener ganancias? ¿Hasta qué punto son necesarios, por ejemplo, ciertos medicamentos? ¿Pueden los empresarios “crear enfermedades” para obtener beneficios, al igual que crean necesidades?.

A juicio de quien escribe, todo esto no suena tan descabellado. Desde luego es para reflexionar…

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