Disonancia Cognitiva

Disonancia cognitiva: el autoengaño como herramienta

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En el artículo de hoy vamos a hablar acerca de una circunstancia de lo más común en nuestro día a día. Nos referimos a una forma de pensar y de actuar que todos ponemos en marcha en algún momento y de la que la gran mayoría de las veces ni tan siquiera somos conscientes. Hablamos de la disonancia cognitiva.

¿En qué consiste la disonancia cognitiva?

El término disonancia cognitiva fue puesto de manifiesto por primera vez por el famoso psicólogo social Leon Festinger, el cual a través de sus estudios descubrió que al ser humano no le gusta ni un pelo que exista incoherencia entre sus pensamientos y su forma de actuar, o incluso entre varios de sus propios pensamientos.

Es decir, nadie en su sano juicio se sentiría cómodo odiando los coches y comprándose uno, o siendo un gran religioso y maldiciendo a Dios.

Cuando se dan estas situaciones de inconsistencia, experimentamos un incómodo malestar, el cual suele cursar incluso con ansiedad, y tratamos por todos los medios de cambiar nuestros actos o nuestros pensamientos.

En los casos anteriores, la primera persona podría elegir comprarse una moto o buscar justificaciones que le aseguren que los coches en realidad son atractivos; mientras que la segunda experimentaría una enorme sensación de culpa y trataría de retirar sus palabras lo antes posible.

Además de los ejemplos anteriormente citados, quizá el caso más típico sea el de aquellos fumadores que, aún sabiendo que fumar tiene efectos perjudiciales para la salud, tratan de mitigar esta incoherencia mediante una serie de estrategias mentales.

Así, prefieren elegir razonamientos como que a ellos no les pasará nada, que fumar algún que otro cigarro no tiene importancia o que pronto lo dejarán. Como vemos, lo que realmente existe es un estado interior de disarmonía cuando fuman, el cual de mantenerse resultaría insoportable sin las correspondientes justificaciones.

El autoengaño como herramienta

Una de las situaciones donde se ve más claro lo que estamos hablando es en el acto de la mentira. Cuando una persona con una serie de valores como la honradez y la sinceridad intenta engañar a otro, en su interior comienza a producirse un incipiente malestar que acaba por notarse desde fuera.

Es el caso de aquellos comerciales que intentan endosarnos algún producto que saben que no es tan óptimo como lo pintan, y que alardean de sus ventajas en un intento por encubrir la verdad. En este caso, si hacemos las preguntas adecuadas e insistimos lo suficiente, lo más probable es que acabemos destapando el asunto.

Resulta llamativo cómo este efecto pone de manifiesto nuestra capacidad para engañarnos también a nosotros mismos. Tal es así, que somos capaces de inventarnos una historia rápidamente con tal de justificar nuestros actos, y esto lo hacemos con todo aquello que nos interesa.

Lo hacemos cuando no queremos estudiar, cuando no nos apetece ir al gimnasio o cuando nos comemos esa hamburguesa que sabemos que es mala para nuestra salud pero que nos empeñamos en maquillar. En todos esos casos necesitamos encontrar los pensamientos adecuados que, de algún modo, nos den permiso para adoptar esos comportamientos.

Maneras de reducir la disonancia cognitiva

Es importante mencionar que existen dos formas principales de reducir la disonancia cognitiva que nos producen ciertas situaciones. Por un lado, podemos elegir cambiar nuestra idea sobre algo en particular; por el otro, podemos optar por cambiar nuestra conducta al respecto.

Así, si por ejemplo solemos votar siempre al mismo partido político pero este año nos gusta más el programa electoral de otro, podemos optar por cambiar nuestro voto (algo que raras veces ocurre) o autoconvencernos de que algún fallo tendrá ese programa, ya que todos prometen más de lo que cumplen.

Como norma general, tendemos a cambiar nuestros pensamientos más que nuestros actos, especialmente cuando nuestras acciones son mantenidas en el tiempo o, de algún modo, difíciles de modificar. Es el caso del típico gruñón que, en lugar de reconocer que lo es y tratar de cambiar su mal humor, encuentra diversos motivos para seguir siéndolo, tales como que los demás le provocan o que la gente exagera.

En resumidas cuentas, la disonancia cognitiva es algo que tendemos a evitar a toda costa. De no existir, sería una forma de llamarnos “tontos” a nosotros mismos o “poco serios”, por lo que bien entendida tiene un sentido adaptativo.

El problema viene cuando nos perdemos en la maraña de justificaciones y excusas para afrontar determinados aspectos de nuestra vida y nos empeñamos en cambiar demasiado de idea y modificamos muy poco nuestros actos. Ese es el verdadero sentido de la terapia y del crecimiento personal.

La Teoría de la comparación social de Leon Festinger

Leon Festinger desarrolló la teoría de la comparación social y publicó sus primeras conclusiones sobre su teoría en el Journal of Human Relations en 1954.

Según esta teoría, tenemos el impulso de evaluar nuestras opiniones y habilidades de forma constante. Cuando no podemos auto-evaluar nuestras opiniones y habilidades, tendemos a compararnos con los demás como forma de evaluación.

Por ejemplo, alguien en una clase de cocina quiere saber qué tan buen cocinero es. Puede comparar su ejecución con compañeros de clase que obtienen una calificación más alta y también con compañeros que obtienen una calificación más baja. Sobre la base de estas comparaciones, establece un punto de referencia y se hace una idea del nivel de sus habilidades como cocinero.

La teoría de la comparación social de Festinger llegó a la conclusión de que las personas que se comparan a sí mismas con quienes son similares a ellos suelen producir valoraciones mucho más precisas de sus capacidades y creencias. Por ejemplo, comparar la capacidad de lectura de dos personas del mismo grupo de edad es más sensato que comparar la capacidad de lectura de un adulto con la de un niño.

Según la teoría de la comparación social, existen dos tipos de comparación: Comparación ascendente y Comparación descendente, según la persona se compare con otros más capaces o menos capaces que ella misma.

Una persona muy motivada tiende a realizar comparaciones ascendentes y, por lo general, se asume como mejor o igual a la «mejor persona». Si embargo, cuando alguien se siente infeliz o desmotivado, suele realizar comparaciones descendentes para sentirse mejor consigo mismo.

Los estudios han demostrado que, si se les da la oportunidad, las personas suelen optar por hacer comparaciones hacia arriba en lugar de hacia abajo.

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