Los Mejores Psicólogos
de Tu Ciudad

 

Comparte:

6 señales ocultas de represión emocional peligrosa

Represión emocional
Jose Manuel Garrido

He notado que la gente a punto de romperse por dentro rara vez grita. Más bien al revés.

Hay una forma de quietud que, cuando aprendes a leerla, asusta. Respiran muy despacio, casi con cuidado, como si el oxígeno fuera un bien escaso que hay que racionar, y mantienen el cuello y los hombros tan rígidos que parecen tallados en madera de roble.

Te miran, te sostienen la mirada, e incluso te regalan una sonrisa de esas de cortesía, una línea fina en los labios que jamás llega a arrugar las comisuras de los ojos. Y cuando, desde el otro lado de la mesa, les preguntas cómo va la vida últimamente, sueltan un «bien, tirando» con un tono tan absolutamente plano que te hiela un poco la sangre.

Durante mis primeros años de práctica clínica solía confundir esta rigidez pétrea con entereza. Pensaba, con la ingenuidad de quien aún tiene los manuales demasiado frescos: «qué capacidad de aguante tiene esta persona». Tardé un par de miles de horas de vuelo en entender que el verdadero aguante humano siempre es flexible, y que lo que tenía sentado en el sillón de enfrente no era un junco que sabe doblarse con el viento, sino un cristal a milímetros de estallar en pedazos.

Represión emocional o evitación experiencial

A esto, en nuestra jerga de manual, lo solemos llamar represión emocional o evitación experiencial. Pero a mí me gusta explicarlo con una imagen mucho más de andar por casa: imagínate que intentas hundir una pelota de playa hinchable en el fondo de una piscina. Empujas hacia abajo con los dos brazos. Requiere un esfuerzo constante, te tensa la espalda, te agota y, tarde o temprano, en un despiste, la pelota sale disparada a una velocidad brutal y te golpea en toda la cara.

El verdadero problema de la represión emocional no es que le escondas lo que sientes al resto del mundo. El peligro real, el que enferma, empieza cuando te lo escondes a ti mismo con tanta eficacia y durante tanto tiempo que olvidas que la pelota sigue ahí abajo. Y el cuerpo, que es de todo menos tonto y tiene una memoria implacable, empieza a cobrarte peaje.

Aquí van seis señales silenciosas, cotidianas y muy reales de que llevas demasiado tiempo aguantando la respiración bajo el agua.

1. El cuerpo grita lo que la garganta se traga

No hablo de un dolor de cabeza ocasional por haber dormido mal. Hablo de una rebelión somática en toda regla. Hay personas que arrastran migrañas crónicas, contracturas en la mandíbula que les desgastan el esmalte de los dientes por las noches, o problemas digestivos para los que el internista, tras decenas de pruebas, no encuentra ninguna causa orgánica.

La emoción es, literalmente, energía en movimiento. Una cascada química y eléctrica que altera tu fisiología. Si tú decides que el pánico, la tristeza profunda o la rabia no tienen permiso para salir por la vía de la palabra, del llanto o de la acción, esa carga fisiológica no se evapora mágicamente. Se atrinchera en el tejido.

Hay un estudio clásico de James Gross, un investigador de Stanford que es una autoridad mundial en regulación emocional, que siempre me ha fascinado por lo contraintuitivo que resulta a simple vista. Gross demostró en el laboratorio que cuando obligas a alguien a ocultar su emoción (por ejemplo, mantener la cara de póker) mientras ve una película triste o angustiosa, su ritmo cardíaco se dispara y su presión arterial sube mucho más que si se le permitiera llorar o mostrar asco. Te haces el duro por fuera, la gente te ve inmutable, pero por dentro tu sistema nervioso autónomo está activando todas las sirenas de incendio.

2. La explosión desmedida por el vaso de agua derramado

Alguien se agacha a atarse los zapatos, el cordón se engancha y se rompe, y de repente esa persona se desmorona en el pasillo, rompiendo a llorar con una angustia desgarradora que parece no tener fin. O va conduciendo, alguien tarda tres segundos de más en arrancar en un semáforo en verde, y golpea el volante con una furia irracional, insultando a gritos al aire.

No es el cordón del zapato. Nunca es el semáforo.

Es la válvula de seguridad de una olla a presión que lleva meses, o años, acumulando vapor. Cuando reprimimos emociones enormes —un duelo no resuelto, un miedo paralizante a no dar la talla, un despido que hundió nuestra identidad—, la mente gasta tanta energía diaria conteniendo ese bloque gigantesco que se queda sin recursos cognitivos para gestionar las pequeñas frustraciones de andar por casa. Y entonces, la presa entera cede por la grieta más absurda.

3. El apagón del placer

Aquí reside una trampa muy cruel en la que caemos todos. A menudo creemos que podemos anestesiarnos de forma selectiva. Nos decimos: «solo quiero dejar de sentir este dolor, esta angustia en el pecho», y nos tomamos la pastilla metafórica de la evitación.

El problema es que la neurología no funciona así. El cerebro no tiene un interruptor para apagar el dolor y otro distinto para encender la alegría. Tiene un único dial de volumen general.

Si bajas el volumen de la tristeza al mínimo para no sentirla, irremediablemente bajas también el volumen de la sorpresa, del entusiasmo, de la curiosidad y del amor. Todo se vuelve de un color gris ceniza. A esto le llamamos anhedonia. La comida ya no sabe a nada en particular, la música favorita es solo ruido de fondo para rellenar silencios, y los abrazos de la gente a la que quieres parece que te los estuvieran dando a través de una escafandra de buzo.

Ya lo advertía en los años noventa el psicólogo James Pennebaker, pionero en el estudio de los efectos de la inhibición. En sus investigaciones demostró que el esfuerzo crónico de ocultar experiencias emocionales no solo comprometía la función del sistema inmunológico, sino que mermaba la capacidad básica del individuo para experimentar emociones positivas. Te vacías de lo malo, sí. Pero te quedas dolorosamente vacío de todo lo demás.

4. El terror absoluto a la pausa

Gente que encadena tres trabajos, corre maratones los fines de semana, escucha podcasts a velocidad 2x mientras se ducha y llena cada maldito hueco de su agenda en el calendario de Google.

A simple vista, en nuestra sociedad del rendimiento, parecen personas altamente productivas, modelos a seguir. Pero en las distancias cortas, cuando te sientas con ellos, notas que no están yendo hacia ningún lado: están huyendo.

El silencio, la quietud y, sobre todo, las tardes de domingo, son el lienzo en blanco sobre el que inevitablemente aparecen los sentimientos reprimidos. Si paras, sientes. Y si sentir te da un miedo insoportable, la única solución lógica de supervivencia es no parar jamás. El ruido externo —el trabajo, el deporte extremo, las redes sociales— se utiliza como un grueso muro acústico contra el ruido interno.

5. El síndrome del presentador de informativos

Esta es sutil, elegante, y engaña con mucha frecuencia a terapeutas novatos. Te sientas frente a alguien que te relata una historia personal de traición familiar profunda o de abuso sostenido. Pero te lo narra con el mismo tono de voz, la misma cadencia perfecta y la misma expresión facial que usaría para leerte la lista de la compra del supermercado.

«Sí, la verdad es que mi padre nunca me quiso y me echó de casa a los dieciocho años sin un duro. Supongo que siento un profundo abandono, es lo lógico según la teoría del apego, ¿no te parece?».

Saben exactamente qué es lo que deberían estar sintiendo. Tienen el vocabulario, han leído los libros de divulgación, conocen las etiquetas. Pero la emoción no está habitando en el cuerpo. Lo han subido todo a la azotea del intelecto para no quemarse con el fuego que arrasa el primer piso. Hablan de su propio dolor desde la barrera, analizando su vida como si le estuviera pasando a un paciente imaginario, en un proceso de intelectualización que aísla el pensamiento de su carga afectiva.

6. La desconexión interoceptiva (o quedarse ciego hacia dentro)

El último peldaño de la represión sostenida en el tiempo es dejar de entender los códigos más primitivos de tu propio organismo.

Llega un momento en que el muro que construyes entre tu mente consciente y tus vísceras es tan grueso que dejas de percibir las señales fisiológicas más básicas. Te preguntan «¿tienes hambre?» y tienes que pararte a pensar, porque dudas. No sabes si ese nudo en el estómago es pura ansiedad acumulada o que, literalmente, llevas diez horas sin masticar nada. No sabes si estás cansado, si tienes frío o si necesitas ir al baño hasta que la necesidad física se vuelve extrema y dolorosa. Se ha cortado el cable del teléfono que comunicaba el cerebro con el cuerpo.

El camino de vuelta a casa

Desandar todo este camino no es fácil, es lento, a ratos frustrante, y quien diga lo contrario te está vendiendo humo.

No se trata de abrir las compuertas de golpe y dejar que un tsunami de dolor arrase con todo, eso no cura a nadie, solo retraumatiza. Consiste más bien en aprender a tolerar dosis pequeñísimas de incomodidad corporal. En notar la tensión en la mandíbula mientras conduces y quedarte ahí, respirando diez segundos, solo observando cómo aprietas, sin intentar arreglarlo de inmediato. Consiste en darle nombre a la emoción en voz alta en el salón de tu casa, aunque suene a susurro y aunque al principio dé una vergüenza ridícula.

Al final de todo esto, la buena psicología no promete que vayas a dejar de sentir cosas que duelen o que te asustan. Sería una estafa monumental. Lo que promete es algo mucho más terrenal, honesto y útil: que dejes de gastar tu energía vital peleando a oscuras contra tus propios fantasmas, y puedas usar esa fuerza para construir una vida que merezca la pena ser vivida.

Quizá hoy, cuando te quites los zapatos al llegar a casa y escuches el silencio del pasillo, puedas detenerte un momento, soltar los hombros y preguntarte cómo estás realmente. Hacia adentro, sin filtros y sin ensayar la respuesta.

O quizá no. Quizá hoy no es el día. Pero al menos, si un día de estos la pelota de playa salta disparada del agua y te da en la nariz, ya sabrás de dónde venía.

Referencias mencionadas

Gross, J. J. (1998). Antecedent- and response-focused emotion regulation: divergent consequences for experience, expression, and physiology. Journal of Personality and Social Psychology, 74(1), 224-237.

Pennebaker, J. W. (1997). Writing about emotional experiences as a therapeutic process. Psychological Science, 8(3), 162-166.

💡 Importante: El contenido publicado en Psicopedia es supervisado por psicólogos titulados, no obstante tiene un carácter exclusivamente divulgativo y no sustituye en ningún caso el diagnóstico o tratamiento por parte de un profesional sanitario.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Scroll al inicio