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Emociones laborales y otras «happy flowers»

Me da la sensación que, cuando nos ponemos a hablar de emociones y sentimientos en el ámbito laboral hay como una percepción general por parte de los directivos que señala a la persona que habla como “blandito”, ñoño, tierno, tontorrón, vamos, lo que se dice un happy flowers empresarial que no tiene ni idea de lo que es tener que dar resultados, trabajar duro a diario para sacar adelante los “marrones”, o tener que vender, facturar y cobrar mes a mes.

Pienso que esto sucede debido al armazón rígido de creencias arquetípicas adquiridas por muchos directivos y dirigentes a lo largo de décadas, cuya actualización no ha sido llevada a cabo. Es como si estos directivos se hubiesen quedado en su “software mental” con un “Windows 95” porque no se fían de los nuevos sistemas, aun teniendo evidencia de lo bien que le va a otras empresas que sí se han actualizado.

Además, como nos han enseñado desde pequeños a reprimir las emociones (sobre todo a los hombres) representa una auténtica “bajeza” no ya expresar lo que se siente y usar esa información para tomar decisiones inteligentes, sino simplemente hacer algún tipo de alusión a ello, despreciando así una información muy valiosa.

Y cuidado, que no estamos hablando de dar rienda suelta a las emociones en el ámbito laboral, sino de ser conscientes de que el sistema emocional del ser humano representa un sistema de información muy eficaz cuando se sabe interpretar y comprender, integrando esa información con la inteligencia racional. Esto es lo que da lugar a directivos, supervisores y empleados emocionalmente inteligentes, potenciando su bienestar y rendimiento laboral.

¿Qué consecuencias tiene despreciar la información emocional? Una brutal limitación del verdadero potencial de las personas para dar lo mejor de sí mismas (p.ej., seguir haciendo lo mismo que se hacía el siglo pasado en materia de prácticas de liderazgo y management es anacrónico, ya no sirve).

Sin embargo, cuando la empresa se interesa por la utilidad de realimentar la razón y la lógica con emociones y sentimientos, descubre un mundo nuevo de posibilidades al saber que la inteligencia y la toma de decisiones se ven fortalecidas por los sentimientos, que la cohesión y el rendimiento de los equipos alcanza niveles no imaginados, que el talento de las personas que trabajan en la empresa puede fluir con mayor potencia y naturalidad y, en definitiva, que se mejora sensiblemente la salud mental, emocional, social y financiera de la empresa.

Aprender a gestionar de manera inteligente los afectos y sentimientos por parte de los líderes de una organización es la mejor inversión que puede hacer una empresa a lo largo de su trayectoria, puesto que contribuirá a tener entornos de trabajo más sanos y productivos.

Por supuesto no es una panacea, ni garantía de éxito, pero lo que sí  garantiza el fracaso a medio y largo plazo (y gasto superfluo a corto en bajas, absentismo, rotación y bajo rendimiento), es mantener personas y entornos de trabajo emocionalmente tóxicos o poco saludables.

¿Y qué pasa con las empresas que no son ni saludables ni tóxicas, sino que están a medio camino? Estas empresas, desde mi punto de vista, son fuente de inútil sufrimiento para algunas personas; las más desfavorecidas relacionalmente hablando. Normalmente, muchas de estas empresas se comportan como una “mamá pájaro” ante sus polluelos en el nido: el que más grita y abre la boca, es el que mayor trozo de comida se lleva. Es decir, el que más aparenta o el que más ruido hace es el que mejor considerado está y mejores condiciones de trabajo disfruta. Lo que ocurre es que no siempre, o casi nunca, coincide esta característica con la excelencia profesional. Y esto va medrando y erosionando la energía emocional de otros profesionales más válidos.

¿Qué pueden hacer estas empresas para potenciar sus resultados?

Pues en primer lugar, actualizar su sistema de creencias al nuevo mercado laboral y después adquirir competencias emocionales para poder exprimir las posibilidades del talento de sus equipos de manera saludable.

A partir de aquí, lo ideal sería medir los niveles de inteligencia emocional de directivos y supervisores (p.ej. usando la app MEIT para dispositivos móviles, basada en el test MSCEIT de Salovey y Mayer), siendo muy recomendable para aquellos que obtengan puntuaciones inferiores a 100, realizar un workshop de entrenamiento y desarrollo de estas competencias. Con esto conseguiremos contribuir a tener empleados y equipos de trabajo más saludables, cohesionados y productivos, desembocando en una mejora de los resultados económicos.

No obstante, podemos obviar los beneficios de la inteligencia emocional y seguir haciendo las cosas como siempre. Lo que ocurre es que, parafraseando a Albert Einstein, sería una locura querer obtener resultados diferentes haciendo lo mismo de siempre.

¿Qué es lo que obtendremos haciendo las cosas como siempre? Efectivamente! Lo mismo de siempre!


Recursos:
Emociones laborales (coordinado por Alberto Blázquez)
Fuentes:
Imagen cortesía de MichelleBulgaria

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