metas y objetivos

Perdemos y perdemos y volvemos a perder…

Desde la infancia estamos acostumbrados a plantearnos metas y objetivos en la vida para conseguir aquello que queremos. Pueden ser cosas grandes o cosas pequeñas.

Comenzamos pintando láminas para poder aprobar, dando un beso a la abuela para conseguir un caramelo, no peleándonos con nuestra hermana para poder salir el fin de semana a la piscina…

Más tarde estos objetivos comienzan a ser mayores. Estudiar ocho horas al día para sacarme una carrera, ahorrar durante tres meses para poder hacer un viaje con mis amigos, quitarme un capricho para poder comprar al niño el regalo de reyes que quiere, pasarme los días echando currículums para tener el trabajo de mi vida, o simplemente para poder ponerme a trabajar…

Los objetivos, las metas y los sueños que tenemos nos acompañan a lo largo de la vida. Ellos son los que hacen que nos movamos, que nos levantemos cada día, que planteemos como vamos a vivir para poder conseguirlos. Y nuestro día a día es el que va a mediar en que caminemos en ese sentido o en sentido contrario.

¿Qué pasa cuando a lo largo de la vida parece que no cumplimos ninguna meta de las que nos proponemos?

Lo primero en estos casos es plantearnos si lo que nosotros nos estamos proponiendo es realista. En muchos casos las expectativas que nos planteamos son demasiado elevadas, y si se las cuentas a alguien te dirá: los sueños no tienen límites, todo es posible, lucha y ya verás.

Este tema es un poco peliagudo y es verdad que si de verdad queremos algo y luchamos podemos conseguirlo, pero las probabilidades están ahí. Por ejemplo, una mujer con 56 años que me diga que su sueño es ser bailarina profesional, famosa y vivir de ello y nunca ha tomado clases de baile, pero se le da bien.

En estos casos, hay que ser más realista, y seguramente no lleguemos a ser profesionales y famosos por ello pero, por supuesto, hay que comenzar el camino si de verdad queremos bailar y a ver hasta donde llega.

Relacionado con lo anterior está el segundo problema, cuando vemos que algo nos está costando, que posiblemente no lleguemos a conseguirlo completo, que nos esforzamos y los pasos son demasiado lentos, abandonamos.

No somos pacientes con nosotros mismos, al primer contratiempo tiramos la toalla en lugar de esforzarnos cuatro veces más porque sea un sí. Hay que tener claro hacia donde nos queremos dirigir, hacia donde queremos dirigir el camino, y los obstáculos que podemos encontrar en él para poder rebasarlos cuando vengan.

Y, por último, todas esas veces que no llegamos a conseguir una meta, que nos rendimos, que las circunstancias hacen que no lleguemos a donde nos proponemos, nos van pesando, las cargamos a la espalda y cuando planteamos nuevos objetivos todos esos pensamientos y sentimientos de frustración, de haber perdido, de no valer para algo, de sentir que todo es difícil… hacen que nos planteemos menos objetivos, y que esos mismos sean más bajos y, en ocasiones, todas esas emociones negativas no nos dejan avanzar para conseguir lo que queremos.

¿Y qué podemos hacer?

Tenemos que entender que la vida está llena de cosas que se consiguen y cosas que no. Si todo fuera fácil, si fuera sencillo, y consiguiéramos todo, no nos esforzaríamos por nada, y entonces no tendría sentido levantarse cada día, no encontraríamos ese sentido.

Lo que logramos en la vida nos hace felices, nos aporta sensación de bienestar, y nos enseña a que realmente podemos hacer todo eso que queramos.

Lo que no logramos nos enseña también mucho. Nos enseña a no rendirnos, a intentarlo, a vivir una frustración y comenzar otra meta en la vida, a querernos cuando lo hacemos bien y cuando lo hacemos mal, porque al fin y al cabo, la vida está para vivirla, está para aprender, y está para que al final del camino te sientas orgulloso de aquello que has intentado, lo consiguieras o no, y no de aquello que no te atreviste a intentar.

Pregúntate lo que quieres, piensa en aquello que te has propuesto en la vida y que si has conseguido para así fortalecer tu confianza, establece un objetivo contigo mismo, acepta la responsabilidad que tienes frente a ello y piensa que muchas de las cosas que logramos dependen directamente de nuestros comportamientos.

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Expresa en voz alta tu meta cada día al levantarte, divide esa meta en pequeños objetivos alcanzables poco a poco, plantea los posibles obstáculos, visualiza los posibles resultados y comienza a caminar.

Perdemos y perdemos y volvemos a perder…

Hasta que un día ganamos, y por ese día habrán merecido la pena todas las veces perdidas.


Recursos:
Del sueño a la meta
Fuentes:
Imagen cortesía de Pixabay.com

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