- Los vínculos continuados en el duelo: Cuando el objetivo no es dejar ir - 25 octubre, 2026
- ¿Y si la locura tiene sentido? ‘El Yo Dividido’ y la psicosis como estrategia - 4 octubre, 2026
- Atención selectiva: el efecto de la fiesta de cóctel - 6 julio, 2026
Validación Clínica: Revisión clínica supervisada por Jose Manuel Garrido, Psicólogo colegiado AN06267.
Durante gran parte del siglo XX predominó en la psicología y la psiquiatría la idea de que una adaptación saludable al duelo implicaba disminuir progresivamente el vínculo emocional con la persona fallecida para reorganizar la propia vida. Sin embargo, esta concepción comenzó a transformarse durante la década de 1990 con el desarrollo de enfoques como el de vínculos continuados (continuing bonds).
La persistencia del vínculo
Este modelo fue impulsado por Dennis Klass, Phyllis Silverman y Steven Nickman, quienes reunieron abundante evidencia clínica, antropológica y psicológica en la obra Continuing Bonds: New Understandings of Grief (Klass et al., 1996). A partir de investigaciones con padres, hijos y otros familiares en duelo, los autores mostraron que muchas personas no abandonan la relación con el ser querido fallecido, sino que la transforman para adaptarla a las nuevas circunstancias. El vínculo no desaparece, cambia de forma.
Posteriormente, Klass señaló que esta propuesta no constituía un descubrimiento exclusivo de su grupo, sino la expresión de un consenso emergente entre diversos investigadores. En el prólogo de Continuing Bonds in Bereavement, reconoce que Simon Rubin (1981), con su modelo de los dos carriles (two-track model), y Tony Walter (1996), desde una perspectiva sociológica y narrativa, habían llegado de manera independiente a conclusiones muy similares.
Asimismo, destaca que el mantenimiento de vínculos con los fallecidos ha formado parte de numerosas tradiciones culturales desde hace milenios, por lo que el mérito del modelo consistió principalmente en otorgar reconocimiento académico y clínico a una realidad ampliamente documentada (Klass & Steffen, 2017).
Desde esta perspectiva, el duelo no consiste principalmente en desprenderse del fallecido, sino en reorganizar la relación con él dentro de la historia de vida del sobreviviente. La persona fallecida puede continuar ocupando un lugar significativo mediante recuerdos, conversaciones, rituales, sueños, experiencias de presencia o la influencia que sigue ejerciendo sobre las decisiones, valores e identidad del doliente (Klass et al., 1996; Klass & Steffen, 2017). En este sentido, el mantenimiento del vínculo no constituye necesariamente un indicador de psicopatología, sino una forma frecuente de adaptación a la pérdida.
Japón como ejemplo de una cultura de vínculos continuados
Uno de los argumentos más influyentes de Dennis Klass para fundamentar este modelo provino del estudio comparativo de otras culturas, especialmente de Japón. Klass (1996) describe cómo los cultos budista y sintoísta a los ancestros constituyen sistemas religiosos orientados a mantener relaciones con quienes han muerto.
En numerosos hogares tradicionales japoneses existe un butsudan o altar budista familiar, donde se conservan tablillas conmemorativas, fotografías, incienso, flores y otros objetos rituales. Más que un lugar destinado únicamente al recuerdo, el altar constituye un espacio cotidiano de encuentro simbólico con los ancestros.
Yamamoto y colaboradores (1969) describen este altar como un medio permanente de comunicación con los familiares fallecidos. Ante acontecimientos importantes de la vida diaria, los miembros de la familia pueden acercarse a expresar preocupaciones, solicitar orientación, compartir alegrías o manifestar tristeza, integrando así a los ancestros en la vida cotidiana.
Smith (1974) observó que los familiares suelen dirigirse a los fallecidos utilizando el mismo lenguaje afectuoso empleado cuando estaban vivos. Describe, por ejemplo, cómo la esposa de un hombre recientemente fallecido anunció en voz alta, frente al altar doméstico, la llegada de un visitante apreciado por el difunto, como si este continuara participando de la vida familiar.
Los rituales cotidianos también expresan esa continuidad. Es habitual ofrecer en el altar alimentos, flores u objetos que eran especialmente apreciados por la persona fallecida (Plath, 1964; Smith, 1974). Smith relata el caso de una viuda japonesa que preparó el pastel favorito de su esposo para conmemorar el aniversario de su muerte, colocando la primera porción frente a su tablilla antes de compartir el resto con familiares y amigos.
Del mismo modo, algunos jóvenes acuden al altar antes de rendir un examen importante para pedir el apoyo de un padre o una madre fallecidos y posteriormente regresan para agradecer el éxito obtenido o prometer un mayor esfuerzo si no alcanzaron el resultado esperado. Estas prácticas muestran que el fallecido continúa ocupando un lugar activo dentro del mundo relacional del sobreviviente.
Relevancia para la psicoterapia del duelo
El estudio de estas prácticas culturales contribuyó a ampliar la comprensión psicológica del duelo. Klass (1996) observó que, mientras en algunas sociedades occidentales la continuidad del vínculo podía generar dudas o preocupación, en Japón constituía una expresión normal de la vida familiar, social y religiosa. Esta comparación mostró que las formas de elaborar la pérdida dependen, en parte, de los marcos culturales mediante los que las personas interpretan la muerte y las relaciones.
Desde el punto de vista clínico, el modelo de los vínculos continuados propone que el objetivo de la psicoterapia no consiste en ayudar al doliente a olvidar al fallecido, sino en favorecer una relación transformada que pueda integrarse de manera saludable en su identidad y en su proyecto vital (Klass & Steffen, 2017). Recordar, conversar simbólicamente con el ser querido, mantener rituales conmemorativos o experimentar que su influencia permanece presente pueden constituir recursos psicológicos valiosos cuando contribuyen a reconstruir el significado de la pérdida y a integrar la experiencia del duelo en la propia historia de vida.
La evidencia clínica, antropológica y transcultural acumulada durante las últimas décadas indica que mantener vínculos con quienes han muerto constituye una de las formas frecuentes mediante las que los seres humanos elaboran el duelo. Más que una excepción cultural, el culto japonés a los ancestros ilustra de manera especialmente clara una realidad compartida por muchas sociedades: la muerte transforma las relaciones humanas, pero no necesariamente les pone fin.
Referencias
- Klass, D., & Steffen, E. M. (Eds.). (2017). Continuing bonds in bereavement: New directions for research and practice. Routledge.
- Klass, D., Silverman, P. R., & Nickman, S. (Eds.). (1996). Continuing bonds: New understandings of grief. Routledge.
- Plath, D. W. (1964). Where the family of god is the family: The role of the dead in Japanese households. American Anthropologist, 66(2), 300–317.
- Rubin, S.S. (1981). A two-track model of bereavement: Theory and research. American Journal of Orthopsychiatry, 51(1), 101–109.
- Smith, R. J. (1974). Ancestor worship in contemporary Japan. Stanford University Press.
- Walter, T. (1996). Bereavement and Biography. Mortality, 1(1), 7–25.
- Yamamoto, J., Okonogi, K., Iwasaki, T., & Yoshimura, S. (1969). Mourning in Japan. American Journal of Psychiatry, 125, 1661–1665.
Importante: Este contenido es supervisado por psicólogos titulados, no obstante tiene un carácter exclusivamente divulgativo y no sustituye un diagnóstico o tratamiento profesional.







