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Amistad adolescente: sentirse comprendido sin tener todas las respuestas

Amistad adolescente
Luis Miguel Reyes Loyola
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Jose Manuel (Pepo) Garrido

Validación Clínica: Revisión clínica supervisada por Jose Manuel Garrido, Psicólogo colegiado AN06267.

¿Por qué a veces resulta más fácil contarle a un amigo que estamos mal que hablar con alguien que podría ayudarnos a resolver el problema? La pregunta encierra una paradoja: buscamos compañía en una persona que quizá está tan preocupada como nosotros. No tiene todas las respuestas, tampoco una vida libre de dificultades. Sin embargo, a su lado podemos sentir que lo que nos pasa tiene un lugar.

En la adolescencia, esa experiencia invita a mirar la amistad más allá de la diversión. ¿Qué hace que con ciertas personas podamos compartir tanto lo bueno como lo malo? ¿Por qué estar rodeados de gente no siempre nos hace sentir acompañados?

Tener compañía y sentirse solo

Estas preguntas nacen de la investigación “Relatos de vida de estudiantes de un Centro de Bachillerato Tecnológico en el Estado de México”, realizada junto con Claudia Lucy Saucedo Ramos. Escuchamos a ocho adolescentes de entre 14 y 15 años de un bachillerato de Temamatla. En sus relatos aparecieron tensiones familiares, soledad y amistades con las que encontraban confianza y apoyo.

Algunas estudiantes señalaban que sus amigos también tenían problemas y que compartir experiencias les permitía sentirse menos solas. El encuentro cotidiano ofrecía un espacio para conversar y disfrutar juntos. Son experiencias situadas, pero abren una reflexión que puede resultar cercana a adolescentes y adultos.

Podemos compartir una casa y tener pocas oportunidades para hablar de lo que nos preocupa. Las obligaciones, los horarios o las diferencias entre generaciones pueden dificultar ese encuentro. También podemos guardar silencio porque anticipamos un regaño, una comparación o una respuesta que cierre la conversación.

La soledad, entonces, puede sentirse incluso en compañía. La pregunta cambia: además de quién está cerca, importa con quién sentimos que podemos mostrarnos como estamos.

Sentirse mal cuando deberíamos estar bien

Hay una dificultad adicional: creer que ciertas emociones no deberían existir. “Deberías estar agradecido”, “tienes todo para estar bien” o “debes ser fuerte” son ejemplos cotidianos de mensajes que pueden volver incómodo hablar del malestar. No son frases de las entrevistas, pero permiten pensar en una tensión reconocible.

En psicología se habla de debeísmos para referirse a exigencias rígidas sobre cómo tendrían que ser las cosas o cómo deberíamos comportarnos. Aplicados a las emociones, pueden dejarnos ante una contradicción: sentir tristeza y pensar que no tenemos derecho a sentirla.

Cuando el malestar se minimiza o se considera injustificado, podemos hablar de invalidación emocional. Aunque se intente animar a alguien, decirle cómo debería sentirse puede hacer que termine defendiendo su tristeza en lugar de poder explicarla.

Con ciertas amistades puede aflojarse esa exigencia. Tal vez no haga falta aparentar que todo está bien ni ordenar perfectamente lo que queremos decir. Surge una libertad para expresarnos que puede experimentarse como alivio: hoy podemos reír y mañana reconocer que estamos pasando un momento difícil, sin tener que justificar esa diferencia.

Esto también puede ocurrir con un adulto. Lo decisivo es el lugar que la relación concede a lo que sentimos.

Recibir soluciones y sentirse comprendido

Imaginemos que un adolescente cuenta que se siente solo y recibe una lista de actividades para mantenerse ocupado. La propuesta podría ser útil. Pero ¿respondió a lo que necesitaba en ese momento? Quizá buscaba primero que alguien entendiera cuánto le estaba pesando esa soledad.

Resolver y comprender son tareas distintas, aunque pueden complementarse. A veces nos apresuramos a aconsejar porque nos preocupa la otra persona o porque nos cuesta permanecer ante un problema que no sabemos cambiar.

Entre amigos puede haber otra forma de acercamiento: reconocer una experiencia semejante, preguntar, escuchar sin decidir de inmediato qué tendría que hacer el otro. Sentirse entre pares puede disminuir el temor a ser evaluado y permitir una conversación más abierta.

Esa cercanía no exige vivir exactamente lo mismo. La empatía implica intentar comprender la experiencia ajena, incluyendo lo que tiene de diferente. Identificarnos con alguien puede iniciar el encuentro, escuchar evita que terminemos hablando únicamente de nosotros mismos.

Compartir dificultades y poder acompañarse

Si ambos tienen problemas, ¿cómo pueden apoyarse? La pregunta cuestiona la idea de que solo quien está completamente bien puede ofrecer compañía.

La reciprocidad emocional permite pensar en un apoyo que circula: hoy uno habla y el otro escucha, otro día las posiciones cambian. No requiere una cuenta exacta de favores, pero sí espacio para las necesidades de ambos. Compartir preocupaciones, gustos y momentos agradables permite reconocerse como personas que tienen algo que ofrecer, incluso mientras atraviesan dificultades.

También hay límites. Entender el dolor de un amigo no obliga a cargar con todo lo que le ocurre. Una amistad necesita poder decir “ahora no puedo” y abrirse a otras personas cuando hace falta más apoyo.

Para los adultos, estas experiencias plantean una pregunta sobre nuestra disponibilidad: cuando un adolescente habla, ¿escuchamos lo que intenta compartir o nos adelantamos a decirle cómo debería vivirlo?

Acompañar cobra sentido en la calidad del encuentro. Una presencia puede ofrecer calma cuando deja espacio para hablar, callar, disfrutar y expresar malestar. Los problemas quizá continúen al despedirse, pero haberlos compartido puede cambiar cómo se atraviesa ese momento. ¿Qué lugar damos, en nuestras relaciones, a quien todavía no está bien?

Referencias mencionadas

Reyes Loyola, L. M., y Saucedo Ramos, C. L. (2026). Relatos de vida de estudiantes de un Centro de Bachillerato Tecnológico en el Estado de México. Revista de Investigación Educativa RedCA, 8(24), 221–247.

Importante: Este contenido es supervisado por psicólogos titulados, no obstante tiene un carácter exclusivamente divulgativo y no sustituye un diagnóstico o tratamiento profesional.

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