La reactancia psicológica

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¿Reactancia? Es posible que a estas alturas de la película no te sorprenda demasiado encontrar paredes llenas de carteles junto a un letrero en el que se pide “no fijar carteles”, o a personas caminando por el césped a pesar de que se prohíba explícitamente pisarlo.

Parece que a veces es suficiente con que hacer algo no esté permitido para que, sencillamente, ignoremos las normas y nos lancemos a hacerlo. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué tendemos a contradecir e ignorar las normas?

La reactancia psicológica: “a mí nadie me dice lo que debo hacer”

Si nos detenemos a analizar los comportamientos de los seres humanos, nos encontramos con una característica bastante peculiar y que tiende a repetirse en una gran mayoría de ellos. Hablamos de un impulso que nos lleva a ir en contra de las normas y a experimentar cierto malestar cuando tratan de imponernos algo.

Precisamente a esta sensación de privación de libertad que va de la mano con la aparición de comportamientos de signo opuesto es a lo que llamamos reactancia psicológica. Es como si, de algún modo, las personas tratásemos de restaurar nuestra sensación de libertad en el mismo momento en el que la vemos amenazada.

De esta forma, una parte de nosotros nos impulsa a no querer aceptar normas ni órdenes, tratando de contradecirlas o ignorarlas.

Un ejemplo muy de actualidad lo constituye la cantidad de personas que aún hoy en día siguen rebelándose ante la obligatoriedad de llevar mascarillas a causa del coronavirus, o que se niegan a vacunarse al verlo como una imposición.

La nota curiosa la da la existencia de la denominada «psicología inversa”, la cual puede llegar a resultar muy útil en muchos casos, especialmente en niños. Un ejemplo de esto sería pedirle a nuestro hijo que “no le devuelva la pelota a su hermano” en una situación de conflicto, aumentando así las probabilidades de que haga justo lo contrario y se la acabe devolviendo.

No es igual en todas las personas

Es importante aclarar que esto no es igual para todas las personas. De hecho, hay muchas personas que cuentan con una importante obediencia a las normas y a la autoridad. Tal es así, que suelen sentirse más cómodas y felices si hacen lo que les dicen que hay que hacer, y muy angustiadas cuando tratan de ir en contra.

En la sociedad en la que vivimos, en la cual hay muchos trabajos donde el jefe es el que dice lo que hay que hacer y los empleados son los que obedecen, se hace especialmente importante considerar esta realidad.

De hecho, suelen tener más probabilidades de conservar su trabajo aquellas personas que tienden a acatar órdenes, aunque también son las que acaban manifestando más síntomas depresivos y ansiosos a largo plazo.

Por el contrario, aquellas personas que continuamente buscan el conflicto, y que tienden a tener verdaderas dificultades para acatar las normas, son vistas como desobedientes, altaneras o maleducadas.

El perfil del “reactante”

Aunque no existe un prototipo exacto de persona que tiende a manifestar reactancia, sí que se han podido observar algunas características que comparten aquellas personas a las que no les gusta seguir las normas ni que se las prive de su libertad.

En general, se trata de gente con una gran necesidad de reafirmar su propia identidad, cuestionando la idoneidad de la prohibición o la censura. Además, son personas que dan un especial valor a la libertad o que se han criado en ambientes en los que no existían normas claras.

Es muy frecuente, por otra parte, que estas conductas hayan sido aprendidas por observación directa, o incluso que hayan aparecido ante la excesiva y autoritaria imposición de normas por parte de sus padres.

En cualquier caso, hablamos de personas en las que la actitud crítica está muy presente, y que tienden a emitir casi automáticamente respuestas contrarias a las que se le trasladan desde fuera.

Peligros de la reactancia

Como suele decirse, en el término medio está la virtud. Quizá no sea positivo caer en una extrema obediencia de normas y opiniones externas sin el más mínimo cuestionamiento. De ser así, la persona estaría atrapada en un auténtico vivir pasivo y falto de identidad propia.

Sin embargo, tampoco parece lo más razonable tender al continuo cuestionamiento y rechazo de todo aquello que venga del exterior. En tal caso la persona corre el riesgo de perderse en su propia rebeldía, sin ser capaz de aceptar que muchas normas son razonables y necesarias.

En resumidas cuentas, un equilibrio entre dar valor a la opinión y creencias propias, a la vez que se valora y acepta lo externo cuando es útil, parece ser la mejor forma de lidiar con las decisiones de nuestro día a día. Es posible hacer esto y, a la vez, ser libre.

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