Medir el miedo a la muerte

¿Es posible medir nuestro miedo a la muerte?

Sabemos que todo lo que es, lo que hay y lo que vive llegará un momento en el que deje de ser, deje de estar y de vivir. De momento, pocas cosas podrían presumir de no tener un final; somos conscientes de que la muerte es inevitable, y que ésta se construye ineludiblemente-creciendo sobre nuestra angustia- conforme pasa el tiempo. Al fin y al cabo, nadie ha conseguido no morir.

¿Y ahora qué? Vale, tenemos miedo a morirnos, ¿pero sufro más por esto que los demás? ¿Sentimos todos lo mismo?

En primer lugar, ¿qué recoge la literatura científica al respecto del miedo a la muerte? Desde los años 70, podemos encontrar como la psicología ha colocado su eje de abordaje teórico en torno al constructo de “ansiedad ante la muerte”.

En una guerra de dimes y diretes, en la cual nos encontramos con un mar de conceptos apelotonados como “miedo a la muerte”, “obsesión por la muerte” o, simplemente, “angustia”, se presentan diversas concepciones diferenciales de los elementos constituyentes que fundamentarían la patologización de nuestro temor a morir.

Para la curiosidad y comodidad del lector/a, tal y como se recoge en el libro de Tomás-Sábado (2016) titulado “Ansiedad ante la muerte», se recogen a continuación algunos de los instrumentos y autores que pudieran ser destacados.

En primer lugar, la Escala de Ansiedad ante la muerte de Templer (1970) es el primer instrumento que surge, o es construido, para la evaluación del constructo de “ansiedad ante la muerte”.

Sobre él, o partiendo del mismo, se realizarán a posteriori diversas adaptaciones, traducciones y otros tantos instrumentos que le utilizarán, de un modo u otro, a modo de referencia.

Tal es así que en Templer et al. (2006) presentaron una actualización del propio instrumento en el cual se daban diferentes modificaciones conceptuales y metodológicas.

De hecho, la mencionada escala consigue vertebrar la producción de otros instrumentos llegando a postularse como eje sobre el cual se realizan multitud de trabajos de traducción y adaptación.

Así pues, reconociendo el esfuerzo realizado, el propio Tomás-Sábado, autor del libro previamente mencionado, es uno de los baluartes en lo que se refiere a las adaptaciones al español del amalgama de herramientas disponibles; por ejemplificar, la Adaptación Española de la Escala de Ansiedad ante la Muerte (Tomás-Sábado y Gómez-Benito, 2002) o Adaptación Española de la “Death Obsession Scale” (Tomás-Sábado y Gómez-Benito, 2003).

Como se adelantaba, no sólo nos encontramos con los instrumentos cuyo marco teórico germina sobre el constructo de “ansiedad ante la muerte”, sino que podemos constatar la existencia -para los interesados- de otros entendimientos como el de “Obsesión ante la muerte” (Abdel-Khalek, 1998), el “Índice de amenaza” (Krieger, Epting y Leitner, 1974) o “Miedo a la muerte” (Hoelter, 1979).

A pesar del rápido consenso alcanzado en la forma, es decir, empleando el autorregistro de forma indiferenciada, nos encontramos con un marcado conflicto en el fondo. En lo respecto a la fiabilidad, medir se mide bien.

Ahora bien, qué estamos midiendo ya es otra pregunta, y quizá estemos pescando a escopetazos; resultaría más fácil pellizcar un cristal que definir qué se está evaluando, y es que podemos concluir que es en los análisis de validez cuando sale a la luz la imposibilidad de solución metodológica.

En otro sentido, siguiendo la analogía, el problema surge cuando vas a por la escopeta cuando no se tiene nada a lo que apuntar. No es una cuestión baladí constatar la problemática consecuente a la inherente reificación, o cosificación, que implica la puesta en praxis de algunos entendimientos.

La instrumentalización técnica es un proceso que inherentemente termina por justificar la existencia de lo evaluado. Incurriendo en, por otra parte, siguiendo las ideas de Freixa i Baqué (2003), procedimientos tautológicos y circulares en los que la descripción de la conducta (ej. Pensar sobre la propia muerte) se sustantiva en “Obsesión” y, por lo tanto, adquiere otro sistema de propiedades como res extensa; que ahora, como cosa puede ser medida, o ubicada espacialmente…

De todo este embrollo podemos extraer varias premisas; la primera de ellas, que hay una gran variedad de instrumentos para medir. Y, la segunda de ellas, que quizá sea torpe, y quizás carezca de utilidad el uso de dichos instrumentos al nacer sobre la propuesta de la psicopatologización de nuestra relación con la muerte.

En trabajos como el de Pérez-Álvarez (2019) nos encontramos con la misma propuesta crítica, es decir, “no hay criterios precisos ni probablemente se puedan precisar más allá de convenciones prácticas”.

Y aquí encontramos la confrontación más nuclear; en abarcar la posibilidad de que cierta ansiedad ante la muerte pueda resultar fundamental para el ser humano.

Constatar la propia angustia a morir no es suficiente criterio psicopatológico per sé, por mucha puntuación que se obtenga en un instrumento de evaluación.

Quizá el camino a trazar pase más por indagar en qué se hace, hacemos, con la angustia; tendría sentido hablar de condición psicopatológica cuando la vida de uno se encuentra constantemente cercada, abrumada o concentrada en torno a la inevitabilidad de la propia muerte.

Entonces, ¿se puede medir nuestro miedo a la muerte? Respuestas tenemos, pero éstas no parecen soluciones. El mejor de los instrumentos sigue siendo la evaluación idiosincrática de la relación funcional del sujeto con un campo estimular tematizado por la muerte.

Es normal preocuparse por la muerte, y más normal es que esto pudiera asustar de una forma profunda. Este recuerdo angustioso puede suponer una apertura de posibilidades, de que puedan existir falencias e imperfecciones, de aceptar que no todo está bajo nuestro control y de que por muchos edificios de barro que se construyan casi nada hay seguro; con una excepción, que algún día, sin saber el cuándo ni el cómo, dejaremos de respirar.

Quizá el tiempo no entienda de direcciones, pero lo sentimos como una caída hacia abajo tan vertiginosa e imperante como el silencio en un tanatorio. Tan precipitado e inesperado como un empujón hacia el vacío…

No hay caída más dolorosa que aquella que no es asumida y, al igual que suplicaría un suicida tras saltar sin mirar atrás, ojalá fuésemos conocedores de cómo son las vistas a mitad de la caída de todo esto que llamamos vida.


Referencias bibliográficas

Abdel-Khalek, A. M. (1998). The estructure and measurement of death obsession. Personality and Individual Differences, 24(2), 159-165.

Freixa i Baqué, E. (2003). ¿Qué es conducta? International Journal of Clinical and Health Psychology, 3(3), 595-613.

Hoelter, J. W. (1979). Multidimensional treatment of fear of death. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 47(5), 996–999.

Krieger, S., Epting, F.R., y Leitner, L.M. (1974). Personal constructs, threat and attitudes toward death. Omega, 5, 299-310.

Pérez-Álvarez, M. (2019). Diagnóstico más allá de los síntomas: un enfoque centrado en el mundo de la vida de las personas. Cuadernos de Psiquiatría Comunitaria, 16(1), 22.

Templer, D.I. (1970). The construction and validation of a Death Anxiety Scale. Journal of Gerontology, 26, 165-177.

Templer D, Awadalla A, Fayez G.A, Frazee J, Bassman L, Connelly H.J., Arikawa, H. y Abdel-Khalek, A.M. (2006). Construction of a death anxiety scale-extended. Journal of Death and Dying, 53(3), 209–226.

Tomás-Sábado, J., y Gómez-Benito, J. (2002). Psychometric properties of the Spanish form of Templer’s Death Anxiety Scale. Psychological Reports, 91, 1116-1120.

Tomás-Sábado, J., y Gómez-Benito, J. (2003). Psychometric properties of the Spanish adaptation of the Death Obsession Scale (DOS). Omega: Journal of Death and Dying, 46(3), 259-268.

Tomás-Sábado, J. (2016). Miedo y ansiedad ante la muerte: Aproximación conceptual, factores relacionados e instrumentos de evaluación. Barcelona. España: Herder Editorial.

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