Escucha activa

La escucha activa: Claves para mejorarla

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Escuchar a los demás no es una tarea sencilla. De hecho, suele resultar tan difícil hacerlo bien, que casi podríamos decir que la gran mayoría de nosotros aún tenemos mucho que aprender al respecto.

La escucha activa es, en pocas palabras, escuchar de verdad. Al practicarla, ponemos toda nuestra atención en la otra persona, y nos interesamos genuínamente por el mensaje que trata de transmitirnos.

De esta forma, le hacemos ver que estamos prestándole atención consciente, mostrando una actitud abierta hacia aquello que nos cuenta sin caer en juicios previos.

Puntos clave de una verdadera escucha activa

El hecho de incorporar la palabra “activa” en la forma de escuchar al otro, tiene que ver con el propio proceso dinámico de la comunicación.

Dicho de otra forma, cuando estamos escuchando a una persona, no lo hacemos de una forma pasiva y estática, sino que vamos elaborando una imagen mental de aquello que nos cuenta, y nos preparamos para responder cuando sea necesario.

A grandes rasgos, podemos decir que nuestra escucha es adecuada si seguimos una serie de pautas que resultan fundamentales:

  • No caemos en el error de tratar de predecir lo que nuestro interlocutor nos va a contar. Simplemente atendemos a su mensaje de forma consciente y serena.
  • No le interrumpimos a mitad de las frases. Más bien esperamos a que sus gestos y su tono nos ayuden a saber que se va a producir una pausa.
  • Prestamos atención a los gestos y señales no verbales, que complementan el mensaje.
  • Parafraseamos, o tratamos de expresar con nuestras propias palabras lo que la otra persona nos está contando para lograr aclarar el mensaje y que se sienta comprendida.
  • Hacemos preguntas abiertas, las cuales suman información y ayudan al otro a aportarnos más detalles. Esto enriquecerá la conversación y nos facilitará conocer mejor al otro.
  • Mantenemos el contacto visual y mostramos una ligera sonrisa que generen confianza en el otro. La actitud abierta y receptiva resulta fundamental en este caso.

Aunque hay muchas más, si logramos trabajar en cada una de las anteriores claves, nuestras probabilidades de tener un vínculo saludable y auténtico con la otra persona aumentarán enormemente.

Quizá no podamos ponerlas en marcha todas el primer día, pero siendo conscientes de en qué fallamos lograremos una mejoría que realmente merece la pena.

Si parece fácil, ¿por qué nos cuesta tanto?

El gran problema de la comunicación reside en que muchos de nosotros tendemos a preocuparnos más por lo que deseamos decir que por lo que el otro nos expresa.

Este error podría englobarse dentro de uno de los defectos que causa nuestro propio ego, el cual nos empuja a ser el centro de atención en muchos casos.

Tal es así, que en una gran parte de trastornos narcisistas o histriónicos de la personalidad, suelen darse verdaderos problemas relacionales, ya que la comunicación muy difícilmente es bidireccional y se queda en una llamada de atención casi constante.

Decía Ernest Hemingway: “escuchar detenidamente te hace especial, pues casi nadie lo hace”. Esto es totalmente cierto, ya que aprender a escuchar lleva tiempo y práctica, y estar abierto a reconocer los propios errores y esforzarnos por corregirlos no es algo que todo el mundo esté dispuesto a hacer.

¿Qué nos aporta la escucha activa?

A partir de lo comentado, parece obvio que si aprendemos a escuchar, y especialmente a escuchar bien en lugar de solamente a oír, nuestras relaciones con los demás mejorarán.

Así, por ejemplo, estaremos trabajando en nuestro nivel de empatía hacia el otro, interesándonos de verdad por él. Además, nos resultará más fácil resolver cualquier conflicto, al lograr adecuarnos mejor a la realidad de la situación, evitando malos entendidos.

Finalmente, y quizá lo más importante, generaremos en el otro una agradable sensación de confianza en nosotros, la cual derivará en que esa persona también desee interesarnos por nosotros de forma genuina (al menos en la mayoría de los casos).

Ojo con la “sobre-escucha”

Para terminar, nos gustaría mencionar un aspecto interesante en relación a la escucha activa. Al leer este artículo, seguro que te viene a la cabeza alguna persona que es una excelente oyente.

Puedes contarle tus problemas, tus anécdotas, tus interioridades, y siempre está ahí para atenderte. Sin embargo, como todo en la vida, los extremos no resultan demasiado positivos aquí.

Esa actitud de escucha desmedida, sin prácticamente intervenir en la conversación, puede tener aspectos perjudiciales.

Por ejemplo, alguien podría utilizar esta estrategia para enmascarar su propio miedo a confiar en los demás, de manera que se escudaría “solo en escuchar” para no tener que abrirse al otro.

Esto es particularmente habitual en las personas del Eneatipo dos o ayudadoras, de las que hablamos en artículos precedentes, las cuales se vuelcan en las necesidades del otro olvidando las propias.

Es por eso por lo que también resulta fundamental intervenir en la conversación y arriesgar a mostrarse ante el otro como verdaderamente se es, haciendo de la comunicación lo que realmente se espera que sea: un auténtico intercambio enriquecedor.

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