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Cómo un niño se convierte en un adulto con fobia a los médicos

Fobia a los médicos
Noelia Broncano García
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Una historia muy común

“Tenía 9 años. Esa noche me desperté de madrugada con un fuerte dolor en mi barriga, no paraba de vomitar y me sentía muy asustada, me dolía mucho, pero mucho.

Al ver que no mejoraba, mis padres me llevaron al hospital, no tengo recuerdo de lo que pasó en cuanto a la exploración médica, lo que sí recuerdo es el momento en el que el doctor hablaba con mis padres y les decía que tenía apendicitis y que me tenían que operar.

Yo estaba totalmente ajena a la conversación, pese a que tenía una edad en la que hubiera podido entender lo que estaba pasando, si me lo hubieran explicado.

El doctor les explicó los pormenores de la cirugía a mis padres. Al no llegar a comprender bien, lo que estaban hablando, me asusté, y mucho. En mi cabeza solamente resonaban las palabras; cirugía y te van a dormir.

Me pusieron algo de medicación y programaron la cirugía para esa misma mañana. Recuerdo que no me quedé ingresada, me enviaron de vuelta a casa, y les dijeron a mis padres que me volvieran a llevar a la mañana siguiente para la intervención.

Recuerdo que esa noche no puede dormir ni un solo minuto, estaba muy asustada, no me atreví a decirles a mis padres que estaba asustada y que necesitaba dormir con ellos. Ellos tampoco se dieron cuenta.

Me pasé toda la noche pensando que pasaría si no llegaba a despertar de la anestesia. Recuerdo la sensación de pánico en mi cuerpo, una gran opresión en el pecho y la sensación de no poder respirar.

También recuerdo el cansancio por no poder dormir, el fuerte dolor de barriga, y la tensión nerviosa, haciendo mella en mi cuerpo. Me aterraba la idea de no despertar nunca.

A la mañana siguiente, mis padres me llevaron al hospital como habían acordado con el médico. Cuando nos asignaron habitación, recuerdo que ya no podía más, y le dije a mi madre que estaba muy asustada, que tenía mucho miedo y que no quería que me operaran.

Llegó el anestesista, me explicó que me iba a poner una inyección para dormirme, y que así la cirugía no me dolería nada. Me preguntó si lo entendía, le dije que sí, aunque no era verdad, porque mi cuerpo estaba tan bloqueado y paralizado, que no podía darme cuenta de si estaba entendiendo lo que me explicaban o no.

Después, le dije a mi madre que no quería que me operasen, que estaba muy asustada, que tenía mucho miedo. Realmente, estaba aterrorizada. Mi madre me dijo que no tenía de que preocuparme, que me dormiría y no me enteraría de nada.

Como me vio tan asustada, cometió el error de decirme que no me preocupara, que solo me harían una radiografía, y que tenían que dormirme para que me estuviera muy quietecita.

Nunca fui capaz de decirle que era eso precisamente lo que me aterraba, no enterarme de nada, no despertar nunca, no poder moverme, tampoco nadie me preguntó qué era lo que me daba miedo exactamente.

Llegó la hora de la cirugía, por protocolo, no podían anestesiarme en la habitación, tenían que hacerlo en el área quirúrgica destinada a ello. Recuerdo entrar en una sala blanca y fría.

La situación a “toro pasado”, era bastante cómica, porque recuerdo que trajeron una camilla para llevarme a aquel lugar, pero yo tenía tanto miedo, que les dije que quería ir andando, así que, la camilla y el celador iban, por un lado, y yo por otro.

También les dije que si no iba con mi madre no iría. Se supone que no podían dejarla pasar al área preoperatoria, pero, me vieron tan asustada que le dejaron pasar conmigo.

Al entrar, justo salía una persona a la que acababan de operar. Iba en una camilla, tapado hasta el cuello con una sábana verde de hospital, con su suero, y otros artilugios quirúrgicos, le acompañaban varios médicos y enfermeros, todos con sus correspondientes vestimentas de quirófano.

Al ver esa escena, ya no pude más, ahí entre en pánico, me puse a correr por la sala del preoperatorio, gritando de puro pánico que me dejaran en paz, que no quería que me tocaran, que me habían engañado.

Mi padre y mi hermano escuchaban mis gritos desde la sala de espera. Mi madre tenía la cara desencajada al ver a su hija en ese estado. Nadie sabía qué hacer, ni cómo tranquilizarme.

Después, de varios minutos, alguien del equipo médico que estaba allí, me cogió a la fuerza y me puso en la camilla, los demás compañeros me sujetaban, mientras el anestesista me inyectaba algo, que presupongo debía de ser la anestesia o algún tipo de calmante.

Recuerdo sentir en ese momento, como si algo me subiera por la garganta y me ahogara, recuerdo pensar, me ahogo, me muero. Y ya no recuerdo más.

Lo siguiente que recuerdo fue despertarme en la cama de la habitación, aturdida, sin saber qué estaba pasando, con dolor en mi barriga, gritando y muy nerviosa, dando manotazos a cualquiera que se acercara a mí. No recuerdo más del hospital.

Solo recuerdo volver a casa, y seguir mi vida como si no hubiera ocurrido nada, intentando por todos los medios olvidar aquel horrible episodio de mi vida. Por supuesto, en casa no se volvió a hablar más de esa experiencia”.

El entorno hospitalario como experiencia traumática

Está demostrado que, sin un apoyo apropiado, las experiencias en los hospitales pueden ser una fuente de trauma en la infancia.

Los niños, no tienen los recursos internos necesarios para comprender el escenario médico (luces, cegadoras, instrumentos quirúrgicos, personas con batas mascarillas, etc,), el lenguaje confuso de los médicos, ni mucho menos los estados alterados de conciencia inducidos por la anestesia.

Desafortunadamente, y aunque las cosas han mejorado mucho con el tiempo, esta historia no es un incidente aislado.

Os contaré también, que la protagonista de nuestra historia hoy en día es una adulta con un trastorno por hipocondría y que evita a toda costa ir al médico, y someterse a pruebas médicas de no ser que sea estrictamente necesario.

Para nuestra protagonista, fue una experiencia traumática. Si hubiera ocurrido solo este incidente, seguramente, hubiera desarrollado un trauma simple, pero resulta, que, a la edad de 3 años, y a la edad de 34 años, tuvo experiencias similares en otros procedimientos médicos, en contexto de hospitalización.

Así que, al repetirse la experiencia traumática por 3 veces, la paciente acabó desarrollando un trauma complejo. Aprendió e interiorizó las creencias negativas “no estoy a salvo”,” no puedo confiar en los adultos”.

La consecuencia de todas estas experiencias sumadas a un tipo de apego inseguro, ansioso,  ambivalente, y otros factores ambientales llevaron a nuestra protagonista a desarrollar en la edad adulta ataques de pánico, sensación de muerte inminente y de no tener el control cada vez que tiene que enfrentarse a una simple revisión médica, a pruebas médicas de rutina o ante cualquier síntoma en su cuerpo, que interpreta como amenaza de muerte.

Una explicación neurobiológica

Ledoux (1994,2003), el mayor estudioso del miedo actualmente dice que existen dos circuitos independientes relacionados con la alerta que implican a la amígdala (área cerebral que evalúa y registra los recuerdos no conscientes o emocionales implícitos) y desempeñan papeles diferentes en situaciones de miedo o pánico.

Por un lado, está el sistema rápido que es instantáneo y manda la información desde los órganos sensoriales al tálamo, que a su vez lo reenvía a la amígdala. La amígdala traslada inmediatamente la información a través del SNA para evaluar una respuesta de búsqueda de ayuda o de lucha-huida.

Y después, está el sistema lento, que incorpora más órganos en su procesamiento (hipocampo, tálamo y amígdala). Su funcionamiento es simple, cuando hay un estímulo que provoca una alerta que no es excesiva, la información llega al hipocampo, se compara con las situaciones anteriores y se reenvía a las áreas corticales para que hagan una evaluación consciente del peligro.

Después, esta información pasa al tálamo y, luego a la amígdala, que activa la respuesta corporal en función de la información que haya recibido. Por tanto, en el caso de nuestra protagonista, aunque no haya ninguna situación que pueda poner su vida en riesgo, su mente y su cuerpo reaccionan con los mismos síntomas que si enfrentara un grave peligro.

Su pensamiento, su valoración de las circunstancias provocan, la activación de los circuitos del miedo, desarrollando una fobia a todo  lo relacionado con procedimientos médicos.

Además, como estas fobias han quedado asociadas a un aumento de la alerta y la ansiedad, nuestra protagonista, tenderá a evitar todo lo relacionado con lo que le provocó el miedo.

Se sabe también que las personas que en su infancia desarrollaron una hiperactivación del sistema del miedo en la infancia, tienen mayores dificultades en la edad adulta para manejar sus estados internos e interpretarlos de manera correcta.

Cómo evitar las heridas psíquicas

Se sabe que historias cómo estas son muy comunes, y que a menudo conducen a la formación de cicatrices psíquicas (D. Levy, 1944).

Entonces, veamos que se hubiera podido hacer durante el episodio hospitalario de nuestra protagonista, o de cualquier otro niño, que se encuentre en esa situación, para mitigar el impacto de esas heridas psíquicas.

Es necesario preparar al niño antes de la cirugía:

  • Es muy importarte, contarle la verdad de lo que va a suceder, adaptándolo a un lenguaje que pueda comprender según su edad, y omitiendo detalles innecesarios. Si le dices que no le va a doler y si le duele, vas a traicionar su confianza y acabará desarrollando la creencia de que no puede confiar en ti.
  • Los niños, tienen que poder conocer a sus doctores (especialmente al cirujano y al anestesista) antes de la cirugía, con su vestimenta y aspecto normal.
  • En niños pequeños, podemos recrear lo que va a ocurrir lo que ocurrirá desde que llegue al hospital hasta que acabe la intervención, con muñequitos, disfraces o títeres. Esto incluye ser transportado en la camilla, inyecciones que pueda recibir y prepararse para la anestesia.
  • Es muy importante preparar al niño, para entrar y salir de un estado alterado (anestesia), para ello podemos utilizar cuentos y utilizar personajes de ficción que le gusten al niño. Por ejemplo, podemos decirle que le van a dar una pócima secreta con la que se dormirá muy rápido, y con la que luego se despertará muy lento y algo raro. Podemos explicarle que se quedará dormida como la Bella Durmiente y que papá y mamá le despertarán con un beso mágico. Es importante explicarles que la poción mágica puede hacerle sentir raro como si estuviera flotando, o dando vueltas o con una sensación rara en su barriga. La idea aquí es que el niño se familiarice con lo que puede experimentar al despertar de la anestesia para que no se asuste.

El día de la cirugía:

  • Los padres deben permanecer con su hijo/a el mayor tiempo posible antes y después de la operación, incluso si es posible, durante la administración de los medicamentos preoperatorios. Y también deberían estar presentes cuando el niño haga la transición entre la consciencia despierta y el estado semiconsciente.
  • Jamás debe atarse un niño a una mesa de exploración, o recibir una anestesia cuando está aterrorizado. Miedo + Incapacidad para moverse = trauma.
  • El niño no debe despertarse en la sala de reanimación solo, siempre debe haber un familiar si es posible o un adulto que lo tranquilice, ya que al despertarse desorientados algunos niños pueden pensar que se han muerto o que les ha ocurrido algo horrible.

Después de la cirugía:

  • Descanso mucho descanso y muchos mimos.
  • Ayúdale a través de cuentos e historias a digerir lo sucedido si parece tener miedo

La historia de nuestra protagonista ocurrió durante los años 80. Está claro que, en la actualidad, todo ha cambiado mucho, cada vez los hospitales están mucho más adaptados para niños, y sus protocolos están mucho más sensibilizados con las necesidades psíquicas de los pequeños.

Aún así, es importante que los padres y madres conozcan estas recomendaciones, para poder acompañar a sus pequeños con calma y cuidando mucho, no solo su salud física, sino también su salud psíquica.

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