Pedofilia no es Pederastia: más allá del trastorno psicológico

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La pedofilia se define como una atracción sexual recurrente hacia niños prepúberes. Para la comunidad científica se trata de un trastorno psicosexual, que se caracteriza por fantasías sexuales o intentos de prácticas sexuales con niños que generalmente tienen 15 años o menos, ya sean del mismo sexo o del sexo opuesto.

La pedofilia como trastorno

En la quinta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-2013), la pedofilia o trastorno pedófilo se clasifica como un tipo de parafilia, una categoría de trastornos que se definen por fantasías, impulsos o comportamientos inusuales que son recurrentes y sexualmente excitantes.

Según el DSM-5, para que la pedofilia pueda diagnosticarse clínicamente, tales pensamientos y comportamientos deben causar angustia o dificultades interpersonales al sujeto afectado, o causar angustia, lesión o muerte a personas que no desean o no pueden consentir comportamientos sexuales. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud en su Clasificación CIE-10 usa una definición muy similar.

Según ambas publicaciones, los pensamientos o comportamientos en cuestión deben estar presentes durante al menos seis meses para un diagnóstico clínico, y el individuo afectado debe tener al menos 16 años de edad y al menos 5 años más que el niño objeto de las fantasías sexuales.

Existen dificultades formales a la hora de diagnosticar la pedofilia, ya que las personas que tienen esta afección rara vez buscan ayuda de forma voluntaria, por lo que el asesoramiento y el tratamiento son a menudo el resultado de una orden judicial, vinculada a una conducta delictiva (pederastia) que no siempre (ni siquiera muy a menudo) está presente en el perfil del pedófilo.

Es importante señalar que la pedofilia, al igual que el resto de parafilias como grupo, tienen una alta tasa de comorbilidad entre sí y una tasa de comorbilidad igualmente alta con la ansiedad, la depresión mayor, trastornos del estado de ánimo y trastornos por abuso de sustancias. De hecho, entre un 50% y un 70% de las personas con tendencias pedófilas también son diagnosticadas con otra parafilia, como el exhibicionismo o el voyeurismo.

Causas de la pedofilia

Al igual que ocurre con otras parafilias, la causa subyacente de la pedofilia no está clara. Aunque ciertas anomalías biológicas como el desequilibrio hormonal pueden contribuir al trastorno, los factores biológicos no se han demostrado como causas. En muchos casos, la conducta pedófila parece estar asociada con el abuso o la negligencia sexual experimentada durante la infancia y con un desarrollo emocional o psicológico atípico.

La investigación también concluye que los niños varones que fueron abusados ​​sexualmente tienen más probabilidades de convertirse en pedófilos o en delincuentes sexuales. Por su parte, las niñas que fueron abusadas sexualmente responden con mayor frecuencia a un patrón de conductas autodestructivas, como el abuso de sustancias o la prostitución.

Investigaciones más recientes sugieren que el trastorno puede tener un origen neurológico, manifestándose como un error a la hora de identificar qué estímulos ambientales deberían provocar una respuesta sexual. Esta hipótesis neurológica se ve reforzada por el hecho de que los hombres con pedofilia tienen tres veces más probabilidades de ser zurdos o ambidiestros, y por estudios que han concluido que los pedófilos tienen, en promedio, puntajes más bajos en las pruebas de habilidad visual-espacial y memoria verbal.

Por su parte, los modelos de aprendizaje conductual sugieren que un niño que es víctima u observador de comportamientos sexuales inapropiados aprende a imitar y luego se refuerza por estos mismos comportamientos. Estas personas, privadas de contactos sociales y sexuales normales, buscan la satisfacción a través de medios socialmente menos aceptables.

En cualquier caso, y al igual que ocurría a la hora de establecer un diagnóstico, nos encontramos con la dificultad de que la mayor parte de las investigaciones realizadas se limitan a los delincuentes sexuales, toda vez que el pedófilo “inactivo” suele permanecer en el anonimato.

Tratamiento de la Pedofilia

Dado que el concepto de pedofilia se sustenta en una orientación sexual inapropiada, la mayoría de los expertos no creen que estos sentimientos sean curables. Si bien el tratamiento no puede eliminar los intereses sexuales de un pedófilo, una combinación de terapia cognitivo-conductual y medicación parece ser eficaz a la hora de ayudarlo a controlar sus impulsos, evitando así la conducta delictiva.

El abordaje farmacológico suele orientarse de manera casi exclusiva a la disminución del deseo sexual no específico, siendo su eficacia bastante limitada. En cuanto al abordaje psicológico, la investigación sugiere que los modelos cognitivo-conductuales más tradicionales son efectivos.

Dichos modelos suelen incluir condicionamiento aversivo, confrontación de distorsiones cognitivas, empatía con las víctimas, entrenamiento en asertividad y prevención de recaídas, siendo normalmente necesario un seguimiento de por vida. Describimos a continuación los más utilizados:

Condicionamiento aversivo

El condicionamiento aversivo implica el uso de estímulos negativos para reducir o eliminar el comportamiento no deseado. Una de estas técnicas es la llamada sensibilización encubierta, que implica que el paciente se relaje y visualice escenas de comportamiento inapropiado seguido de un evento negativo, como una descarga eléctrica o un olor fétido.

El objetivo es que el paciente asocie el comportamiento desviado con la consecuencia negativa. No hay sin embargo evidencia sólida de que este enfoque sea efectivo a lo largo del tiempo.

Condicionamiento positivo

Los enfoques orientados al condicionamiento positivo se centran en el entrenamiento de habilidades sociales y comportamientos alternativos y más apropiados. El reacondicionamiento, por ejemplo, le brinda al paciente retroalimentación inmediata, lo que puede ayudarlo a cambiar su comportamiento de forma consecuente.

Por ejemplo, una persona puede estar conectada a sensores de biofeedback, siendo retoralimentada para que mantenga ciertos niveles fisiológicos dentro de un rango predeterminado, mientras está expuesta a material sexualmente estimulante.

Prevención de recaídas

Es el tipo más común de terapia cognitivo-conductual utilizada con delincuentes sexuales, así como en el tratamiento de adicciones. La prevención de recaídas tiene el objetivo de ayudar al paciente a anticipar situaciones que aumentan el riesgo de abusar o agredir sexualmente a un niño, y de encontrar formas de evitar o responder de manera más adecuada.

Algunas revisiones de estudios que utilizaban este enfoque como técnica básica han concluido que los programas de prevención de recaídas reducen la reincidencia en sujetos que ya han cometido alguna agresión.

Enfoques cognitivos

Los enfoques cognitivos incluyen la reestructuración de las distorsiones cognitivas y el entrenamiento de la empatía. La reestructuración de las distorsiones consiste básicamente en corregir los pensamientos de un pedófilo de que el niño desea participar en la actividad. Es común que un pedófilo que observa a una joven con pantalones cortos pueda pensar erróneamente: “ella me desea”.

Por su parte, el entrenamiento de la empatía implica ayudar al pedófilo a asumir la perspectiva de la posible víctima e identificarse con ella, comprendiendo el daño que su comportamiento puede llegar a causar.

Pronóstico y Prevalencia: Algunos estudios

El pronóstico vinculado al tratamiento de la pedofilia es difícil de determinar. Para los pedófilos, las fantasías sexuales recurrentes pueden ser muy difíciles de evitar. El tratamiento se dirige a reducir la intensidad de las fantasías pedófilas y a desarrollar estrategias de afrontamiento eficaces, pero el individuo debe estar dispuesto a reconocer que existe un problema y estar motivado a participar en el tratamiento para que este tenga éxito.

Una vez más, la razón por la que no sabemos lo suficiente sobre la efectividad de los tratamientos es porque la investigación generalmente se ha limitado a aquellos sujetos que ya han cometido delitos sexuales.

En cuanto a la prevalencia del trastorno pedófilo, tampoco es posible determinarla con exactitud, aunque la más alta posible en la población masculina se ha establecido en un rango del 3% al 5%. En la población femenina la prevalencia parece ser testimonial. Comentamos a continuación algunos estudios relevantes centrados en la frecuencia de la pedofilia en la población general:

En un influyente estudio de 1989, Briere y Runtz tomaron muestras de 193 estudiantes universitarios varones, y encontraron que el 9% habían tenido alguna fantasía sexual con niños prepúberes, el 5% admitieron haberse masturbado al menos una vez con tales fantasías, y el 7% indicó al menos alguna posibilidad de buscar contacto sexual con un niño si estaban seguros de que evitarían el castigo.

En 1996, Smiljanich y Briere llegaron a un resultado similar en una muestra de 279 estudiantes. También descubrieron que existe una importante discrepancia de género entre los pedófilos: aproximadamente siete de cada ocho pedófilos son hombres.

El estudio más reciente y exhaustivo hasta la fecha, realizado sobre una muestra de 531 estudiantes varones, concluyó que el 7% de ellos admitía tener alguna atracción sexual hacia los niños y que el 3% consideraría buscar contacto sexual con un niño si estaban seguros de que nadie se enteraría (Becker-Blease, Friend & Freyd 2006).

Pedofilia no es pederastia

Desde un punto de vista semántico, la distinción parece clara: una cosa es sentir atracción erótica por los niños, y otra, abusar sexualmente de ellos. Así pues, la distinción entre la tendencia sexual (pedofilia) y la práctica abusiva -y también delictiva- (pederastia) está perfectamente registrada en los diccionarios.

Los medios de comunicación sin embargo se empeñan en perpetuar esta confusión entre dos conceptos que pertenecen a dos esferas distintas: por una parte la esfera de la psicología, y por otra el ámbito del derecho y la moral. Hay que ser conscientes de que esta confusión está muy arraigada en nuestra cultura, y que por tanto no es fácil separar claramente estas dos categorías conceptuales.

No se trata tan solo de que una buena parte de los sujetos considerados pedófilos son “inactivos” o “no practicantes”, sino de que la pedofilia debe ser tratada como un estado, como una orientación, y no como un acto. De hecho, según algunos estudios, alrededor de la mitad de los abusadores de niños no se sienten sexualmente atraídos por sus víctimas.

El contacto sexual de un adulto con un menor es un delito en la mayoría de los casos, y una falta moral grave. La pedofilia, por el contrario, es un trastorno mental, que no siempre implica una conducta consecuente. La pedofilia y la agresión sexual infantil son por tanto dos cosas diferentes, y confundirlas no es una buena idea.

Debemos considerar que muchas personas con pedofilia odian sus deseos, no llegan a satisfacerlos nunca por razones morales (lo que debe elogiarse en lugar de censurarse) y a menudo no buscan tratamiento, precisamente porque son conscientes de que la sociedad no parece notar la diferencia entre sentirse atraído involuntariamente por los niños y molestarlos o agredirlos sexualmente.

La clave está en que no buscar tratamiento para sus deseos involuntarios y desviados es lo que hace que la agresión sexual se convierta en más probable. Si el principal objetivo es proteger a los niños de cualquier daño, debemos dejar de estigmatizar la pedofilia en si mismaEn otras palabras, los pedófilos no ofensores no deben ser estigmatizados siempre que no ofendan. En cambio, deben ser alentados a buscar tratamiento para su trastorno antes de que causen daño.

Un pedófilo debe ser considerado responsable de su conducta, pero no de la atracción involuntaria que subyace a la misma. Esta afirmación puede ser impopular y políticamente inadecuada, pero el hecho de que la pedofilia sea tan despreciada es tal vez la razón por la cual nuestras respuestas a ella, en el ámbito de la justicia y en el de la salud mental, han sido tan inconsistentes y a menudo poco eficaces.

Desde una posición preventiva, reconocer que los pedófilos tienen un trastorno mental y eliminar los obstáculos para que se acerquen a los profesionales y busquen ayuda, no solo es lo más correcto, sino que también sería una estrategia adecuada para proteger a los niños de cualquier posible daño.


Algunas referencias de interés:

  • American Psychiatric Association. (2013). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Quinta edición. DSM-V. Masson, Barcelona.
  • Blanchard R. “Los criterios de diagnóstico de DSM para pedofilia”, Archives of Sexual Behavior(abril de 2010): vol. 39, No. 2, pp. 304-16.
  • Tenbergen, G., Wittfoth, M., Frieling, H., Ponseti, J., Walter, M., Walter, H., … y Kruger, TH (2015). La neurobiología y la psicología de la pedofilia: avances y desafíos recientes.
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Resumen: Pedofilia y pederastia son conceptos diferentes. Entender esta diferencia y actuar en consecuencia es fundamental a la hora de establecer estrategias eficaces desde el punto de vista jurídico y psicológico.

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