Cuando llega la rutina a tu relación de pareja

Marcela Bracho
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La parábola de la rana es particularmente útil para iluminar la naturaleza de las relaciones. Si tú colocas a una rana en una cacerola con agua hirviendo, la rana inmediatamente va a saltar fuera del agua. Instintivamente sentirá el daño y el peligro y elegirá sobrevivir a como dé lugar.

Es una historia muy diferente si la colocas en la misma cacerola con agua tibia y muy lentamente comienza a calentarse el agua. Se irá adaptando a la temperatura y resistirá el aumento de ésta,  dando como resultado un aletargamiento. Eventualmente la rana perderá su voluntad para abandonar el agua hirviendo e irse suavemente muriendo.

Esto es lo que sucede en nuestras relaciones amorosas. Nos vamos aclimatando a una ambiente tóxico y mediocre. Nos acondicionamos a ver la vida con la ausencia de alegría y placer. Nos  pasa como la rana, vamos perdiendo la iniciativa de brincar y salir del agua hirviendo y prosperar.

Si supiéramos al principio de la relación que todo esto iba a suceder quizá nunca nos hubiéramos metido. Pero como la rana, a veces nos dejamos seducir por el agua calentita.

El matrimonio es como cuando los amigos nos invitan a meternos a la alberca: ¡anímate, está bien rica el agua! y cuando nos sumergimos, ¡cuál es nuestra sorpresa que está helada!  Sabemos que poco a poco nos acostumbraremos.

Así pasa igualmente con la relación con nosotros mismos, nos familiarizamos con la mediocridad, con la tibieza  y perdemos la visión de nuestra vida.

No se trata de aguantarnos como si fuera una obligación impuesta por las creencias de nuestros padres que debemos “aguantar” pase lo que pase. Resistir no nos dará frutos. Por el contrario, es el modo más fácil para llegar a la culpa y al miedo.  De este modo veo como la rutina y el hastío van adormilando la relación.

Son tantas  las variables que influyen para” irla llevando” que es mejor hacernos los de la vista gorda.  Ese fuego que nos quemaba en el noviazgo para salir de esas situaciones aburridas, ahora en –el todos los días- se ha debilitado.

El amor surge de la novedad y la pasión de los primeros encuentros amorosos, pero no es ninguna garantía que esto sucederá siempre. El reto es qué y cómo hacerle para que la relación se mantenga  y se desarrolle en el inevitable paso del tiempo.

Lo fácil es sentarse en nuestros laureles, y dejar que la vida pase. La sensualidad se apaga y se vuelve todo tan predecible y automático que sólo la rutina tiene cabida.

¿Cuándo se acabaron las sorpresas? ¿Cuándo dejamos de vernos con interés?

Y es que cada día se va compartiendo menos intimidad, menos palabras dichas para esconder sentimientos que pongan en jaque a la relación. Es una manera sencilla de ir creando resentimientos y más frustración.

En esas condiciones es muy  fácil que aparezca el malo del cuento: la indiferencia.  Poco a poco vamos dando la relación como sentada y olvidamos los gestos explícitos de expresar nuestro amor, ternura, dedicación al que vive con nosotros.

El cansancio del trabajo, de los tropiezos cotidianos, de los malestares con los empleados o los compañeros de trabajo, o bien la rutina de ir al súper, pelearse en el tráfico, discutir con los padres y hermanos, acostar a los niños, hacer la tarea con ellos, preocuparse por la situación económica… Todo  ello no hace  más que guardar frustración y desquitarnos con la persona que está visible y dispuesta a aguantarnos.

Venimos a descargar toda esa furia y resentimiento en quien ya sentimos seguro y no nos damos el tiempo suficiente de hacerle un espacio especial después de una jornada agotadora repleta de tareas pendientes.

Nos metemos a la cama exhaustos del día sin tener un minuto para compartir las pequeñas hazañas y anécdotas cotidianas con el otro. Y el encuentro amoroso como es el sexo, lo dejamos a un lado volviéndolo progresivamente menos atractivo en nuestras vidas. Si esta rutina se mantiene por tiempo prolongado, no es de extrañarse que el aburrimiento puede terminar en contaminar todo lo que si queda de bueno.

Hace tiempo leí, “No nos aburrimos por no tener nada en común, sino cuando somos comunes”. Es decir, cuando no hacemos nada diferente, cuando no inyectamos nada de pasión en lo que hacemos y vivimos.

Por ejemplo, no salimos a comer a un nuevo restaurante, o bien comer en el campo, jardín o parque un poco de pan y queso; no inventamos nuevos viajes aunque sea al pueblito más cercano, no participamos en la vida social u organizaciones culturales, benéficas…

No hacemos nada más que ver  la televisión y la computadora, en donde éstas se convierten en la actividad preponderante y la consumen de manera pasivamente alarmante, que si no fuera así, el silencio llenaría cada rincón de la casa.

Y no precisamente ese silencio que comunica intimidad, sino ese silencio que desconoce al otro como si no existiera, como si fuera invisible.

¿Cómo mantener vivo el romance, la seducción, la creatividad y el erotismo? 

No hay fórmulas secretas. Cada pareja necesita encontrar entre los rincones de la relación todo aquello que se perdió en el camino y, si ambos lo desean, revitalizarse con novedosas y excitantes alternativas.

Hay mucho trabajo interno y profundo debajo de cada uno para concentrarse en los asuntos del corazón. El amor requiere  perseverancia como el trabajo incansable de las hormigas. No con esfuerzo sino con dedicación. No es “a fuerzas”.

Muchos podrían estar pensando que las relaciones tienen un tiempo de caducidad y que la pasión y el romance de los primeros días tienden a consumirse con el tiempo  y que el amor debe ser espontáneo para que tenga valor.

Se olvidan que la adrenalina de los primeros encuentros era porque necesitábamos ponernos disfraces para ocultar nuestra espontaneidad y pretender ser lo que no éramos. Evitábamos  nuestro mal carácter, y preparábamos con alevosía y premeditación las citas amorosas y los íntimos encuentros.

Había ingenio en seducir a la pareja. Ahora que ya nos pronunciamos tal como somos y nos quitamos las máscaras de la seducción porque ya tenemos segura a nuestra pareja es cuando empiezan los bostezos y el hastío consume la relación.

¿Qué hace que dejemos a un lado esas espontáneas tácticas que alimentaban la relación? ¿Te aburres con tu pareja? Veamos algunos testimonios de mis entrevistadas:

“Me aburro cuando él desea controlarme, saber hasta lo que respiro y los pasos que doy. Me aburre tremendamente cuando siento perder mi libertad, cuando no puedo ser yo misma, cuando tengo que cuidar mis acciones para que él no se moleste. Cuando tengo que dejar de ser. Los pensamientos que abordan son ganas de salir corriendo, de tomar distancia, de enojo, ira y resentimiento.”

“Muchísimas veces me sentí aburrida y no sólo aburrida, sino dormida. Cuando los hijos crecieron, ni siquiera teníamos tema de conversación. Pensaba  en qué momento había estado tan enamorada de él y cuando se había terminado ese gran amor y sobre todo  dónde había quedado la admiración que había sentido por él por muchísimos años.”

“Me angustia, en esta relación nueva, la posibilidad de volver a aburrirme como en la primera. Por ello el estar en una relación en la que no vivimos juntos y nos vemos poco, hace que siempre sea nueva y que no haya opción de ser predecible.”

“Sí me aburro en distintos momentos, cuando nuestra vida se convierte en rutina, sin experiencias nuevas, cuando dejamos de compartirnos y pienso que no tenemos nada en común como motor de vida; cuando nuestros intereses nos llevan a sitios totalmente diferentes y  no encontramos momentos de crecer juntos.”

La rutina, este aburrimiento es nocivo cuando el tiempo hace que se pierda la atracción sexual sobre la que se construyó lo erótico, pero lo amoroso bien puede compensar esa falta.

A veces el fuego potente quema las carnes en un asado, mientras que las brasas lentamente las mantiene jugosas y suculentas. ¿No acaso el amor es vivir tenue-mente la pasión?

Imagen libre de derechos cortesía de pixabay.com

Cuando llega la rutina a tu relación de pareja Marcela Bracho
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Resumen: La rutina es un gran enemigo de las relaciones, que cuenta además con dos aliados implacables: el tiempo y la costumbre.

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  • Maria Pavlova

    Vaya, al leer este articulo estoy feliz de estar sola 😛 .

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