La fiebre de los psicólogos

Jose Salido Botas
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Cuando la gente que te rodea se entera que eres psicólogo son muchas las preguntas que surgen de inmediato, algunas con tono escéptico, otras con tono meramente curioso, pero sin duda una de las preguntas más recurrentes siempre ha consistido en responder a si la soledad y el aislamiento prolongado son sinónimos inexorables de locura.

Siempre que me hacen esta pregunta recurro al mismo tema y les hablo sobre la Cabin Fever o la “Fiebre de las Cabañas”. En multitud de referencias se define a este fenómeno como un estado de inquietud, depresión e irritabilidad provocada por una estancia prolongada en un lugar confinado o un área remota. Todos somos conscientes de que la deprivación estimular puede tener efectos secundarios reales y tangibles que tienen un impacto perjudicial sobre cualquier persona que carece de ella.

Los historiadores especulan que el origen del término se remonta a la época de los primeros colonos que experimentaron largos inviernos en soledad, cubiertos de nieve en sus cabañas hasta el deshielo primaveral. Otros lo sitúan en la época de la navegación transoceánica frecuente, cuando las personas soportaban largas travesías hacinados en pequeños cuartos bajo la cubierta de los barcos.

Esta aflicción es tan universal que las películas y los libros han dramatizado el efecto del confinamiento en las personas y en su estado mental. La popular obra de Stephen King “El resplandor” y la película homónima de Stanley Kubrick son un claro ejemplo de cómo las características propias del aislamiento prolongado (falta de entretenimiento, dificultad de concentración, falta de estimulación ambiental, falta de reforzadores sociales, sentimientos de improductividad e insatisfacción, etc…) pueden conducir a una persona a la “locura”.

Debemos tener presentes que esta historia es ficción, por lo que no se puede establecer una relación directa entre el aislamiento y las conductas violentas que el protagonista despliega en el transcurso del film. En este caso concreto enriquecería mucho al espectador y ayudaría a desmontar el binomio aislamiento-violencia, conocer el desarrollo psicobiográfico del personaje para entender el por qué de su inestabilidad a nivel emocional y de su repertorio conductual violento, además de muchos otros factores que por razón de espacio no me voy a detener.

Algunos autores relacionan este síndrome con el Trastorno Afectivo Estacional (SAD – Seasonal Affective Disorder) y con respuestas fóbicas como la Claustrofobia. La diferencia clave con el Trastorno Afectivo Estacional (SAD) es que la Cabin Fever se asocia específicamente con el aislamiento y se manifiesta como una respuesta directa a esta condición, mientras que el despliegue sintomatológico del SAD responde a un período estacional concreto (especialmente durante los meses de invierno), incluso en personas que no necesariamente viven en circunstancias de aislamiento.

A tenor de lo consultado en diferentes referencias, sintetizo el cortejo sintomático que diversos autores proponen como la sintomatología característica de la Cabin Fever:

• La falta de paciencia.
• Sentimientos de cansancio y fatiga.
• Sentimientos de improductividad e insatisfacción.
• Ausencia de motivación.
• Falta de voluntad (abulia).
• Pérdida de interés o satisfacción por las actividades cotidianas (anhedonia).
• Tristeza o desesperanza.
• Dificultad para concentrarse.
• Reducción de la productividad.
• Desconfianza y/o suspicacia.
• Alteraciones del apetito (pérdida o ganancia de peso).
• Alteraciones del sueño.
• Letargo.
• Aislamiento social.
• Irritabilidad.
• Pérdida de deseo sexual.

Tras haber compartido y comentado un caso concreto con su correspondiente apoyo teórico sobre la temática que nos concierne, me permito devolver la pregunta: con la información y el ejemplo que hemos tratado, ¿sabéis ahora si la soledad y el aislamiento prolongado conducen a la locura?.

Con todo lo expuesto y tratando de concluir, lo que pretendo trasmitir con este artículo, que como recordaréis ha comenzado con un modelo de pregunta típica que nos formulan a los psicólogos, es un pensamiento y una sensación generalizada que tenemos muchos de los profesionales cuando nos realizan preguntas abiertas sin el suficiente apoyo informativo. Siendo fiel a mi típica respuesta, me gustaría dejar claro que:

No me gusta hablar de locura ni de ningún adjetivo o etiqueta que pueda conllevar una connotación peyorativa. La psicología es una ciencia dónde n=1, la cual trabaja con personas desde el modelo del caso único, mediante diversos paradigmas. No llegamos a conclusiones si no es mediante una valoración y refutación de hipótesis, amparados en la prudencia y el rigor metodológico.

En la totalidad de los casos por los que me preguntan sería un arriesgado aventurero y un profesional mediocre si establezco conclusiones de manera inferencial sin suficiente apoyo empírico.

Sólo me pronuncio cuando dispongo de datos y de conocimiento sobre la historia vital del sujeto, sus características idiosincráticas (personalidad), sus circunstancias, su estilo de vida, sus relaciones sociales, sus antecedentes familiares y personales, sus estresores, su estilo atribucional, su locus de control, sus estrategias de afrontamiento y solución de problemas…”.

Es obvio que si respondo esto, el que me ha formulado la pregunta aguantará el chaparrón con aparente cortesía o saldrá corriendo y evitará posibles preguntas en un futuro.

Con esta breve reflexión final me gustaría lanzar un espacio para la autocrítica, ya que sin esta aclaración previa a la multitud de preguntas que nos formulan, nuestros curiosos pensarán que les contestamos de forma arbitraria e inferencial según nos sople el viento en ese momento o según la alineación de los astros, con lo que desprestigiamos a la psicología como cuerpo de conocimiento científico.

Al que me pregunte, decirle que se llevará de regalo ese mínimo párrafo que sirve de contextualización a infinidad de cuestiones que no podemos contestar aunque no por falta de conocimiento, de recursos o de capacidad, sino por la escasa minuciosidad de los datos o porque directamente ni supervisamos ni tenemos acceso a ese caso en concreto. Después de todo esto, podré mojarme o no con mi opinión personal.

Imagen cortesía de Bjwebbiz vía morguefile.com

La fiebre de los psicólogos Jose Salido Botas
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Resumen: Una interesante reflexión sobre los peligros de establecer conclusiones precipitadas sin la necesaria valoración y rigor metodológico.

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One Response to La fiebre de los psicólogos

  1. Nancy Segarra Toledo says:

    Es un tema poco frecuente en mi país. Me pregunto si solo se da en esos ambientes, o existe una soledad y aislamiento en cualquier lugar por tratar de salir de los momentos políticos? carencias de casi todo tipo o además por el caso de Venezuela en el que estar junto a alguien es compartir el malestar actual, de ahí que impere el deseo de estar solo por mucho tiempo. Gracias por el artíciulo.

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