Terapia de aceptación y compromiso

La Terapia de aceptación y compromiso (ACT) ¿Cómo funciona?

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Las Terapias de aceptación y compromiso (ACT) designan a una serie de técnicas, herramientas y aplicaciones que van más allá de los modelos más tradiciones que conocemos en psicología. Muchas de ellas tienen que ver con el uso de metáforas y ejercicios experienciales para lograr resultados.

Englobadas dentro de las denominadas “Terapias de tercera generación”, ponen el foco en la importancia de aceptar que la vida del ser humano implica cierto grado de sufrimiento que es inevitable, dada su propia condición de ser pensante y sintiente.

Sin embargo, según sus  postulados, eso no significa que no pueda llevarse a cabo una vida plena y, sobre todo, llena de sentido.

¿En qué consiste este modo de hacer terapia?

 “La Terapia de aceptación y compromiso busca que el ser humano  sea consciente de aquellos elementos que le resultan valiosos en su vida, y que aunque acercarse a ellos pueda generarle malestar o sufrimiento, se comprometa a perseguirlos, aceptando las inconveniencias que ello le plantee”

Profundizando un poco más, vamos a analizar al detalle sus principales elementos:

La defusión

Este término inusual se refiere a la capacidad de separarnos de nuestras reacciones emocionales y procesos de pensamiento, para que no tomemos todo lo que nuestra mente o cuerpo nos dice literalmente o como un motivo razonable para actuar de una determinada manera.

Por ejemplo, si tenemos el pensamiento «estoy deprimido» o «soy una persona inútil» y los mezclamos con nuestro sentido del yo, actuaremos como si estos productos del pensamiento fueran verdades absolutas (nos quedaremos en casa, no comeremos, dejaremos de trabajar, etc.), limitando gravemente nuestras vidas.

La defusión consiste precisamente en ser capaz de detectar estos productos como lo que son: pensamientos, emociones, recuerdos, etc.; y crear espacios con ellos, distinguiendo entre el observador (tú) y el observado (tu mente). Como resultado, podemos crear un espacio en el que actuar.

La aceptación

Nadie  quiere sufrir, y esto es comprensible. Sin embargo, en numerosas ocasiones, el coste de evitar ese dolor es mucho mayor que el de poder soportarlo. Cuando hablamos de «dolor», nos referimos a cualquier malestar causado por los procesos mencionados (ansiedad, miedo, ira, tristeza, etc.).

Consideremos a un bebedor que ahoga sus penas en alcohol como resultado de una pérdida. Lo hará sin duda porque la bebida alivia temporalmente su dolor, sólo para que vuelva más fuerte. El coste de evitar ese dolor puede llegar a ser muy grande.

Otra forma de abordar estas situaciones es propuesta por la ACT: la aceptación. La aceptación es simplemente la capacidad de aceptar lo que nos propone la vida, aceptar plenamente la experiencia del momento tal y como es sin intentar cambiarla.

El dolor es una parte ineludible de la vida, y la experiencia nos ha enseñado que intentar evitarlo sólo sirve para ampliarlo. Pero ¿qué si lo dejamos estar? Cuando hacemos esto, a la vez que seguimos caminando hacia lo que nos importa, cosas interesantes comienzan a suceder…

El contacto con el presente

Nuestra cabeza nos lleva hacia el pasado y el futuro todo el tiempo. Muchas veces quedamos atrapados en sus redes, y al hacerlo nos perdemos la vida.  Al hacer esto, no hacemos más que lo que comentábamos en el punto anterior: tratamos de evitar malestar.

Es posible que una situación nos resulte aburrida, dolorosa, triste o frustrante, y por lo tanto nos vamos a «otro tiempo» para no tomar contacto con las sensaciones que la situación nos produce. Al hacerlo creemos habernos liberado, y de hecho nos sentimos algo mejor, pero la pregunta es: ¿dónde te está llevando esa forma de actuar? ¿y si tuvieras que «pasar a través» de esas sensaciones para lograr algo que deseas?.

El modelo de ACT apuesta por vivir en presente lo máximo que podamos, estando abiertos a cualquier cosa que surja, sin evaluarla como buena o mala.

Desapego con el yo conceptualizado

Una gran parte de los conceptos o etiquetas que tenemos en la cabeza acerca de nosotros mismos no son más que historias que nos contamos. Un ejemplo de ello: podemos tener una serie de reglas, estándares o creencias que realmente limiten nuestra vida si los seguimos al pie de la letra. Algunos de ellos podrían ser «no soy inteligente», «no tengo suerte en el amor» o «estoy deprimido».

Si asumimos esa narrativa y somos coherentes con ella, nos ocupamos casi sin quererlo en que esas definiciones se correspondan con la realidad. La ACT nos plantea que seamos capaces de visualizar que somos mucho más que esas historias, y que, por lo tanto, podemos tomar una perspectiva de observador con respecto a ellas.

La claridad de los valores

Los valores no son más que aquello que consideramos importante para nosotros. Podría decirse de ellos que marcan el verdadero propósito de nuestra vida, reconocibles en áreas tan distintas como el trabajo, la salud, la vida social, la familia, el ocio, la espiritualidad, el medio ambiente, etc.

Es importante, por tanto, detenernos a reflexionar y a definir qué queremos en relación a cada uno de estos aspectos de nuestra vida. Si, en cambio, dejamos que nuestro malestar o nuestro miedo dominen nuestra vida, muy probablemente nos demos cuenta de que estamos alejándonos de aquello que nos importa. 

La acción comprometida

Como conclusión, podemos decir que la ACT promueve el trabajo progresivo, la implicación activa en aquello a lo que damos valor, considerando dichos valores en términos de dirección más que de metas. Nadie está a salvo del no sufrir, pero si dicho sufrimiento está al servicio de algo que queremos, esto acaba llenándolo de sentido.

¿Te has planteado qué quieres que sea tu vida? Hazlo y comenzarás a ver tus razones y tus miedos para dirigirte hacia allí. ¿Podrías llegar a visualizar esas razones pero aún así no caminar hacia dónde quieres? Recuerda, lo más importante es actuar.

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