Estrés y alimentación ¿Cómo se relacionan?

Mireia Navarro
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¿Alguna vez has notado como tu patrón de ingesta alimenticia ha sufrido variaciones en épocas de estrés y ansiedad? ¿En alguna de estas épocas has tenido el impulso de comer compulsivamente, o por el contrario, de comer menos e incluso nada?

Probablemente hayas notado estos cambios en función de tu estado interior. Y es más normal de lo que parece; el impulso de comer tiene mucha relación con determinados estados internos, aunque no en todas las personas se produce de la misma manera.

En periodos de estrés y ansiedad nos sentimos muy agitados emocionalmente. Esta agitación se traduce en unos síntomas que nos permiten ver, desde fuera, que existe un cierto nivel de estrés y ansiedad no adaptativo.

Los síntomas pueden ser muchos y de muchos tipos; pero sin duda, uno de ellos es nuestra relación con la comida. Generalmente suele cambiar, lo que a su vez puede traer cambios, también, en nuestra salud física y nuestra figura.

Observamos que el estrés produce cambios en nuestro patrón de ingesta porque, en los momentos en que lo estamos sufriendo, variamos nuestra manera de comer. Generalmente, el estrés puede producir dos respuestas relacionadas con la comida:

1) Puede aumentar la ingesta de alimentos:

No solo nos puede hacer comer más, sino hacerlo de manera compulsiva, muchas veces sin existir sensación de hambre. El estrés puede ignorar la sensación de saciedad, por lo que comemos mucho más de lo que nuestro organismo necesita. Además, los alimentos que se ingieren en épocas de estrés suelen ser hipercalóricos.

2) Puede disminuir la ingesta de alimentos:

Parece que el estrés sea capaz de “cerrar el estómago” y, aunque podamos sentir sensación de hambre, pensar en ingerir cualquier alimento nos puede crear tal sensación de náuseas que nos puede quitar, aún más, las ganas de comer.

Es frecuente que cada persona experimente en mayor medida una de estas dos respuestas, aunque existe la posibilidad de experimentar las dos en diferentes épocas de estrés.

Estas dos respuestas son especialmente negativas en personas que están realizando dietas para controlar su peso. Esta puede ser la razón por la que existen personas que no son capaces de llevar a cabo una dieta para mejorar su salud.

En este sentido, la psicología actúa también en el campo de la nutrición, cada vez con más fuerza, para ocuparse de aquellos aspectos que tienen que ver con nuestro estado interno y que pueden repercutir directamente en nuestro patrón de ingesta.

¿Qué hacer para conseguir que el estrés no afecte a nuestro patrón de alimentación?

1- Ser conscientes de las situaciones que nos impulsan a comer compulsivamente, o, por el contrario, no comer. Nos será útil rellenar una hoja de registro en la que podamos apuntar la razón del impulso (pensamientos previos), la hora a la que se ha dado, cuantas piezas de alimento hemos consumido y cuál ha sido el alimento elegido.

De esta manera podremos tener un registro completo que nos permita sacar una serie de conclusiones: ¿los impulsos se suelen dar por la mañana, por la tarde o por la noche? ¿Qué tipos de pensamientos suelen llevar a ellos? ¿Qué tipo de alimentos suelo comer?

2- Una vez tengamos localizadas las razones (o pensamientos) que nos llevan al impulso de ingesta, deberemos trabajar para cambiar la respuesta a estos pensamientos. Para ello, desviaremos la impulsividad hacia otras actividades con repercusiones menos negativas. Podemos, por ejemplo, dar un paseo, salir a hacer deporte, llamar a un amigo…

3- Aprovechando el registro que hemos hecho anteriormente, y que nos ha permitido saber qué tipo de alimentos solemos consumir en estos momentos, deberemos evitar tenerlos disponibles (sobre todo si son hipercalóricos). De esta manera calmaremos el impulso de la comida y lo desviaremos hacia otras actividades menos dañinas.

También podemos optar por tener alimentos sanos, como fruta, para poder recurrir a ellos en esos difíciles momentos.

4- Si aún con todo nos cuesta cambiar este patrón de impulsividad, o el periodo de estrés se alarga en el tiempo sin remitir, la solución más recomendada es visitar a un psicólogo que nos ayude a canalizar este periodo.

Como hemos visto, el estrés y la ansiedad tienen mucha relación con nuestro patrón de alimentación. Esto podría explicar fracasos al realizar dietas y estancamientos en periodos de pérdida de peso.

Nuestras emociones pueden, también, tener presencia en nuestra salud y nuestra figura; es por ello que saber controlar las respuestas a estas emociones es fundamental para tener un organismo saludable.

Imagen cortesía de Richi vía Pixabay.com

Estrés y alimentación ¿Cómo se relacionan? Mireia Navarro
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Resumen: La mayor parte del estrés que manejamos nos lleva a adoptar hábitos no saludables, entre ellos el comer por causas emocionales.

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