Trastorno facticio

Trastorno facticio: mas allá de la simulación

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El trastorno facticio es un afección psicológica más común de lo que parece, pero que en realidad cuenta con gran dificultad en su diagnóstico, llegando a pasar en muchas ocasiones desapercibido.

Cuando nos referimos a él, hacemos referencia a un trastorno mental, que puede llegar a ser grave, vinculado a la vivencia de enfermedad.

La persona que lo experimenta puede llegar a engañar a otros haciéndoles creer que está enferma, o incluso puede llegar a lesionarse a sí misma para producirse daños que antes no tenía.

Cabe mencionar que la motivación de esta realidad es en gran parte consciente, y no responde a una búsqueda de situaciones ventajosas como la consecución de una baja laboral o la obtención de algún beneficio económico.

Comprendiendo el trastorno facticio

Tal y como señala Stella Bocchino, los pacientes con este trastorno suelen relatar sus padecimientos de manera dramática y ampulosa, pero describen con vaguedad los síntomas cuando se les pide que los expliquen detalladamente…

Aquí se encuentra precisamente la clave para sospechar acerca de la presencia de este problema, el cual llama especialmente la atención por su gravedad y complejidad.

Llega a ser realmente impactante el punto hasta que ciertas personas son capaces de llegar con tal de adoptar el rol de enfermos, en muchas ocasiones llegando a ingerir sustancias tóxicas, rasgarse la piel o producirse quemaduras a propósito para ser hospitalizados.

Para comprender mejor el sentido de esta patología, resulta necesario detener la mirada en el significado de estar enfermo en nuestra sociedad. Parece obvio que, de forma general, cuando alguien atraviesa una enfermedad o dolencia, recibe atención e interés por parte de los demás.

De esta forma, podría ocurrir que el dolor o sufrimiento derivado de la enfermedad o lesión en sí misma fuese superado por la ganancia emocional que la persona recibe gracias a sentirse cuidado y atendido.

Este hecho acabaría creando un círculo vicioso al que la persona quedaría “enganchada a la enfermedad”, de manera que la descripción o producción de las lesiones iría desarrollándose de forma aleatoria o alternativa.

Una de las hipótesis principales con las que se trabaja tiene que ver con la existencia previa de algún trauma o problema grave en la infancia, relacionado con la experimentación de maltrato físico o abuso sexual.

De esta forma, la persona buscaría reexperimentar el trauma, no se sabe si para tratar de superarlo o en una cierta actitud masoquista a causa de un procesamiento erróneo.

El síndrome de Münchausen, un tipo de Trastorno facticio

Karl Friedrich Hieronymus, más conocido como el Barón de Münchausen fue un personaje del siglo XVIII al que le encantaba deleitar a los demás con historias rocambolescas. Aseguraba haber viajado a la luna, haber bailado en el estómago de una ballena o conocer el mismo infierno.

El síndrome de Münchausen constituye un subtipo de trastorno facticio especialmente grave, en el cual hay una predominancia de síntomas y signos de enfermedad orgánica.

En él es común que la persona se provoque deliberadamente los síntomas, acompañando sus padecimientos de relatos dramáticos con tintes de pseudología fantástica.

Su principal diferencia con los trastornos facticios per se, tiene que ver con que la persona se encuentra motivada de forma consciente para simular o causar sus síntomas, inventando enfermedades y peregrinando entre los médicos y hospitales en busca de tratamiento.

En cualquier caso, la búsqueda por adoptar el rol de enfermo es la nota dominante en este tipo de trastornos, los cuales cuentan con un pronóstico variado dependiendo de la cantidad de hospitalizaciones previas y de su comorbilidad con otros trastornos.

El rol de enfermo de manera indirecta

Una nota llamativa en relación a este tipo de problemas tiene que ver con la necesidad que algunas personas tienen de protagonizar el rol de enfermos a través de los demás.

Es lo que se conoce como síndrome de Munchausen por poderes, y en él suelen ser los propios padres o familiares de otra persona los que inducen a estas, o bien a sufrir enfermedades causándoles síntomas, o bien inventando historias acerca de ellos y realizando declaraciones falsas para lograr su hospitalización.

Este subtipo es mucho menos frecuente que los anteriores, pero sus consecuencias pueden ser devastadoras, en especial porque son los niños más pequeños o personas dependientes los que suelen verse más perjudicados.

Trastorno facticio y simulación

Como ya se comentó, desde el punto de vista de la psicología jurídica y forense es imprescindible establecer con claridad las diferencias entre los trastornos facticios y la simulación de síntomas.

Esto es así debido al interés espurio que el paciente puede estar pretendiendo en cualquier evaluación psicopatológica que tenga por objeto determinar cómo una determinada afección clínica afecta a su vida.

Este interés suele ser generalmente la obtención de un beneficio tangible (una indemnización tras un accidente, una clasificación laboral de incapacidad, o una declaración de no imputabilidad ante la comisión de un delito).

Aunque a veces este diagnóstico diferencial se hace complejo, en general existe consenso en que el principal elemento diferenciador ente el trastorno facticio y la simulación, es la existencia siempre de una motivación externa en el segundo caso, y la existencia de una motivación interna (no siempre conocida) para el trastorno facticio.

A modo de conclusión

Los trastornos facticios no resultan sencillos de diagnosticar, llegando a estimarse su prevalencia en torno al 1% de los pacientes atendidos en salud mental.

Asimismo, su tratamiento también es complejo, por lo que aún se necesitan más estudios para mejorar su abordaje y su detección temprana.

Se hace especialmente importante informar y formar al conjunto de profesionales médicos acerca de su existencia, ya que en muchos casos se trata de un trastorno realmente desconocido y mal diagnosticado.

Referencias:
Trastornos facticios, Stella Bocchino, Revista de Psiquiatría de Uruguay, 2005;69(1):92-101

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