Hipocondría - Nosofobia

Hipocondría y nosofobia. El miedo a la enfermedad

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Imagina que, de repente, notas un pequeño bulto en el muslo. En apenas segundos, una oleada de miedo y angustia comienza a recorrerte todo el cuerpo. ¿Será un tumor?, te preguntas mientras comienzas a tocarlo y a explorarlo con detalle.

Acto seguido, llamas a tu médico de cabecera para pedirle una cita. Ni esa noche, ni la siguiente, ni ninguna hasta que te vea alguien, dormirás. Estás seguro de que es algo malo, muy malo. Tu vida podría estar en peligro…

Esta breve descripción nos sitúa ante uno de los trastornos psicológicos más angustiosos  y difíciles de llevar: la hipocondría. En él, la persona teme o incluso está convencida de que padece una enfermedad grave a partir de la interpretación de algún signo o síntoma físico.

Comienza aquí todo un proceso de miedo, preocupación e incluso desesperanza, que solo encuentra algo de alivio cuando las pruebas médicas descartan tal enfermedad. El problema es que esta calma, estos instantes de tranquilidad y sosiego, apenas duran un corto espacio de tiempo.

A los pocos días, los pensamientos obsesivos del hipocondríaco vuelven a la carga, o bien convenciéndole de que los médicos han podido equivocarse, o bien interpretando nuevos síntomas que perciben como amenazantes.

¿El hipocondríaco nace, o se hace?

Aunque nunca se puede menospreciar el papel que la genética juega en nuestra predisposición a padecer ansiedad, en el caso de la hipocondría parecen existir una serie de condicionantes vitales y personales que pueden acabar por precipitar su aparición.

Hablamos de personas que han convivido de cerca con la enfermedad, habiendo tenido que cuidar o tratar con algún familiar que ha fallecido a causa de un diagnóstico médico poco halagüeño.

Ante tal experiencia, la persona ha interiorizado una serie de creencias muy negativas y amenazantes acerca de la enfermedad, viéndola como algo demoledor e implacable, que viene de repente y ante la que poco o nada se puede hacer.

No es de extrañar, pues, que se posicione en uno de los extremos más dramáticos, sin considerar que también es posible que experimentemos síntomas sin padecer un cuadro tan grave.

Como alternativa a esta explicación, la cual resulta ser la más extendida, hay autores que nos hablan de una “estrategia inconsciente” para mantener la atención de los demás. De esta forma, el hipocondríaco encontraría en su trastorno un vehículo para obtener reforzamiento positivo por parte del otro.

Así, su familia se interesa por él, le facilita las cosas, le demuestra cariño, le priva de tener que realizar determinadas tareas desagradables en la vida, etc. Sería lo que los psicólogos denominamos ganancia secundaria de una enfermedad.

¿En qué se diferencia de la nosofobia?

Mientras que en la hipocondría la persona teme o está convencida de tener un padecimiento grave, o incluso potencialmente mortal, a partir de los juicios que hace de sus señales corporales, en el caso de la nosofobia la persona vive aterrada por el hecho de contraer en el futuro una patología concreta.

Para que entendamos la diferencia, en el primer caso la persona vive en un auténtico dilema de interpretación de  síntomas, con una verdadera atención centrada en el propio cuerpo. En el segundo, por el contrario, el individuo vive asustado de contraer algo malo en el futuro, por poner un ejemplo de actualidad, de enfermar de covid-19.

La diferencia estriba pues en la vaguedad y alternancia de los síntomas percibidos de la hipocondría, los cuales son vividos como reales por la persona y experimentados como tal. En el caso de la nosofobia hay un miedo anticipatorio muy concreto, el cual le lleva a experimentar conductas evitativas.

¿Cómo abordar estos problemas?

Aunque las orientaciones psicodinámicas abogan por una profundización en la psique para conocer el verdadero origen del problema, el cual podría estar relacionado con hostilidades dirigidas hacia uno mismo según sus planteamientos, el tratamiento más habitualmente utilizado está relacionado con la aplicación de las terapias cognitivo-conductuales.

Con ellas se intenta que la persona pueda cuestionar sus ideas disfuncionales, y muchas veces irracionales acerca de la enfermedad. Asimismo, se intenta ayudar a la persona a que maneje mejor su ansiedad, de forma que su calidad de vida pueda mejorar sustancialmente.

Por tanto, técnicas como la reestructuración cognitiva, la relajación y la exposición serán de suma utilidad en estos casos.

No es solo una racha…

Es importante aclarar que, tanto en el caso de la hipocondría como en el de la nosofobia, los síntomas no son algo puntual y pasajero, sino que realmente condicionan la vida de la persona de una forma significativa y les causan mucho sufrimiento.

Es decir, existe un elevado grado de ansiedad y rumiación que la persona no es capaz de controlar, y no se trata de una simple preocupación que todos podemos tener en algún momento.

Hipocondría y nosofobia en el DSM 5

En la quinta edición del DSM (2013) se eliminó la etiqueta diagnóstica «Hipocondría», que fue sustituida por el término «Trastorno de ansiedad por enfermedad». Desde un punto de vista práctico, este cambio supone además que sólo los casos de preocupación excesiva por la salud sin síntomas somáticos son considerados para el diagnóstico.

Cuando el cuadro de preocupación excesiva cursa con síntomas físicos de especial relevancia que no tengan una explicación médica evidente, sería más correcto emplear la etiqueta diagnóstica «Trastorno de Síntomas Somáticos».

En lo que se refiere a la nosofobia, resulta bastante decepcionante que el manual no haga ninguna referencia expresa ni aclaraciones al respecto, por ejemplo, de un diagnóstico diferencial.

Referencias:
Tratamientos psicológicos eficaces para la hipocondría (Psicothema, 2001). Descargar aquí

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