ConVIVIR en un piso compartido: Vínculos familiares con personas únicas

Keren Besalduch Galve
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En nuestras vidas creamos vínculos familiares con personas únicas. ¿Somos conscientes?

La palabra convivir proviene del latín convivere y significa “vivir con otros”. Tener vida, existir y sobretodo compartir. La vida no es solamente transitarla sino aceptar que en ella están implícitas las relaciones afectivas, puesto que somos seres sociales.

Es importante hacer una primera mención al alcance de las palabras piso, casa, hogar, domicilio, vivienda y todos sus sinónimos.

Éste es aquel espacio de protección, seguridad y calma. Es un templo construido por y para cada persona, es el territorio personal, propio, único.

Es un lugar donde energías emocionalmente adaptativas, constructivas, potencialmente amorosas sobrevuelan y calman las tormentas que, algunas veces, llevamos con nosotras del clima exterior.

Abres la puerta de tu casa con la esperanza, con la ilusión, de parar el tiempo, de acallar pensamientos, emociones e incluso sensaciones tóxicas. Es la zona A, el clímax. ¿Es o debería ser?

La realidad de hoy en día nos lleva a convivir durante largos años de nuestras vidas con otras personas; los pisos compartidos. Un único espacio compuesto y dispuesto para diferentes personas a la vez.

Esta situación, dada desde la voluntariedad o desde la obligatoriedad socio económica implícita en el contexto actual, conlleva consigo misma una coresponsabilidad gigante, conservar cada templo y en uno de nuevo, el cual se tiene que ir creando.

Para ello, es imprescindible poder entendernos entre todas las personas que vivimos conjuntamente.

Convivir en un piso compartido

La creación de un piso, es decir, la decoración de éste, la elaboración y organización de las tareas domésticas en la cotidianidad o la gestión de espacios y sus horarios son decisiones que aparentemente las tomamos con facilidad y según la posición que adoptamos, lo que deseamos o nuestros límites.

Pero el día a día nos hace darnos cuenta que a veces las diferencias que existen, a pesar de los acuerdos que hemos tomado, siguen creando conflictividad.

Sin que nos conozcamos lo suficiente podemos quedarnos en estas elecciones rígidamente, o podemos elegir conocernos, entendernos, explorarnos, hallar cual es el motivo real de nuestra decisión y convivir con nuestras diferencias, aquellas que nos hacen personas únicas e irreemplazables.

Tomando así las diferencias desde una subjetividad constructiva y no destructiva.

Las elecciones que hacemos son fruto, no solo de la postura pública que tomamos, sino también de intereses, necesidades y deseos, fruto de la emocionalidad, siendo algunas veces conscientes y otras inconscientes.

En la mayoría de casos no nos atrevernos a expresarlas porque nos tocan el corazón; son principios, valores, creencias, sentimientos y todas sus sinergias. Complejo, asombroso y precioso. Detrás de nuestra realidad está latente todo lo demás. ¡Descubrámoslo!

  1. El riesgo de abrirnos a las demás personas por parecer débiles. El abrirnos hace patente nuestra vulnerabilidad como personas, pero no nos hace débiles. Al contrario, nos pone en un mismo nivel, está es el asemejarnos a la otra, hacer manifiesto que todas somos personas y que al igual que ella, yo también tengo miedo o siento tristeza o rabia, y también alegría o nostalgia.
  2. El “yo”, el “yo” que resalto ególatramente por rigidez o que escondo por miedo a que no me quieran. Para generar relaciones ecológicamente adaptativas es necesario equilibrar tu “yo” exterior. Quererte y aceptarte a la vez que no pretender imponerte. Ser flexible no significa ser sumisa, sino escuchar y escucharte y encontrar una armonía en proporción.
  3. La resignación, o dicho en otras palabras, el hacer para el resto dejándote a ti atrás olvidada. Las tradiciones y las costumbres están apegadas a nosotras como si las tuviéramos tatuadas. Antes de responderte automáticamente algo, es preciso revisarte, preguntarte si lo sientes de esta manera o sencillamente recreas dinámicas instintivamente.
  4. Relacionado con la resignación, también nos encontramos con los sacrificios. Esperamos que nuestro sacrificio sirva como carta blanca en un futuro para pedir lo que quieras a cambio. Estas dinámicas crean relaciones tóxicas, las cuales alimentan la injusticia, la agresividad y la rabia. Ante una situación de desacuerdo, debemos adentrarnos en nosotras mismas y poder leer nuestra necesidad y sobretodo expresarla a la persona en concreto.
  5. El hecho de poder expresar nuestras necesidades, desde nuestras emociones, creará un camino de sinceridad, generará un clima de confianza fuera del campo de batalla, en el que el ataque y la defensa quedan relegadas por el encuentro colectivo, la serenidad.
  6. Muchas veces nos sentimos invadidas por otras personas, creemos que nos quieren quitar algo que consideramos nuestro, nuestras luchas de poder cotidianas. Antes de dar por cierto juicios basados en subjetividades y entrar en un terreno pantanoso y destructivo, es positivo preguntar a la persona en concreto qué es lo que ha pasado y el porque y poder explicitar como tú te has sentido. Nuestra subjetividad está hecha de emociones, y estas no son ni buenas ni malas, solamente son, y nos dan información del exterior, de como nos hace sentir alguna cosa.
  7. Para ello, para poder entablar un diálogo con alguien debemos ser conscientes de la importancia de este diálogo y crear puentes de comunicación. Tendemos a suponer que el resto de personas tiene el mismo significado de las palabras que nosotras y muchas veces se crean malentendidos por este hecho tan simple. Es preciso poder expresar como cada una de nosotras interpretamos las emociones y los sentimientos. Los puentes del diálogo también pasan por generar una escucha activa y empática. Poder ser pacientes en la otra, dejarla expresar y hablar, el atenderla y aunque se discrepe y no se acepte lo que se oye, validar su opinión como suya, reflejar su estado emocional y no juzgar.
  8. Todas y cada una de nosotras tenemos el derecho de ser y de estar. Para poder defender los nuestros y también para legitimar los demás, debemos tener nuestras creencias en estado de alerta. Y esto significa tener presente que las creencias son esquemas cognitivos que suponemos como verdades propias. El estado de alerta es básicamente tener presente que las verdades absolutas no existen y que la interpretación de la realidad es variable.
  9. Esta variabilidad de la que hablamos nos lleva a las diferencias entre la rigidez y la flexibilidad con nuestras roomies. Lo que era hasta ahora no tiene porque ser para siempre, porque cada persona no es la misma ni está en el mismo estado emocional perennemente. Para ello, tenemos que ser capaces y tener la voluntad de aceptar el cambio y de poder caminar junto a él. Los cambios generan oportunidades y nuevas posibilidades. Por mucho que no queramos que algo cambie, va a pasar, por tanto mejor estar preparadas. Para ello debemos confiar en nosotras y en las demás, tener toda la información posible y revisar nuestros pensamientos y emociones.

Espacios de encuentro

Crear espacios de encuentro con las demás personas es fundamental para que nuestro hogar sea un lugar de confianza.

Los espacios de encuentro pueden, desde ser acordados previamente pactando unos días en concreto, hasta solamente proponer los encuentros a medida que alguna persona tenga la necesidad.

En los casos que no sea habitual tener estos espacios, es recomendable empezar pactando unos días en concreto en un lapso de tiempo para acostumbrarnos a estas dinámicas.

Más adelante pueden surgirse de manera natural y orgánica en tanto haya la necesidad de hacerlo. Estos encuentros deben ir dirigidos con el objetivo de tratar temas más prácticos e, igual de importante, entablar un diálogo emocional, preguntarnos como estamos y como nos sentimos.

Las emociones llevan consigo mismas energías y las podemos dirigir hacia la construcción o hacia la destrucción; lo que es indispensable es darles su espacio, porque si se contienen y no les hacemos caso, no fluimos con ellas y estamos desconectadas de nuestro interior, de nosotras.

Metafóricamente, nos podemos imaginar nuestro cuerpo como una instalación de gas por ejemplo, por todas las tuberías pasa la energía y cuando la bloqueamos en un sitio, se llena tanto de gas que puede haber una fuga.

Lo mismo pasa con las emociones, y cuando estas petan y se da una fuga, la gestión de éstas es más complicado. Por tanto, para no llegar a este momento, es de mucha utilidad el crear un espacio de encuentro y poder aplicar las herramientas dadas más arriba.

Cuando le damos a nuestra libertad alas y aceptamos la libertad de las demás personas que tenemos al lado y a la vez tenemos la confianza en una misma para ser autónomas significa que estamos andando por el camino de la felicidad.

Esta felicidad se traduce en hacer el amor, de manera afectiva, queriendo dar y también aceptando recibirlo.

La familia es quien queramos que sea, no dejemos de buscarla.

ConVIVIR en un piso compartido: Vínculos familiares con personas únicas Keren Besalduch Galve
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Resumen: Los tiempos actuales hacen que se establezcan como habituales ciertos estilos de convivencia, y por tanto de vínculos físicos y emocionales, a los que es necesario adaptarse. El piso compartido es uno de esas situaciones cada vez más comunes en nuestro actual contexto social.

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