Maldito ego. Cómo descubrirlo y manejarlo

Clara Dini Llobet
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Cuando decimos que una persona tiene mucho ego, lo hacemos para indicar que es vanidosa, orgullosa o engreída.

En algunos enfoques psicoterapéuticos, la palabra “ego” en cambio, no sólo se refiere al orgullo sino que abarca todos aquellos comportamientos, impulsos y defensas conscientes o inconscientes que nos provocan sufrimiento y nos alejan de nuestro estado natural de bienestar.

¿Cómo se desarrolla el ego?

Cuando somos niños, estamos totalmente expuestos ante el mundo, frágiles y sin recursos para defendernos ni física ni emocionalmente. Aunque crezcamos en un entorno que nos dé cuidados y amor, pronto aprendemos que la vida también es dolorosa y frustrante y que todas nuestras necesidades no siempre quedan cubiertas.

Tarde o temprano nos damos cuenta de que el deseo de ser vistos, de recibir atención y reconocimiento por parte de nuestros padres, a veces no puede cumplirse en el momento que queremos ni de la manera que necesitamos. Papá y mamá muchas veces nos dicen “no”.

Y entonces aprendo que si soy buena y no me enfado, me dicen más a menudo lo bien que me porto. Que si me muestro desvalida me vienen a consolar, o que si no lloro ni enseño mi miedo, me felicitan por ser fuerte y valiente…  y es aquí donde empieza a desarrollarse nuestro ego, a formarse una máscara con una manera determinada de actuar que nos ayudará a “sobrevivir” y a conseguir aquello que deseamos, aunque no siempre de la manera más sana para nosotros.

A medida que vamos creciendo, estas actitudes se consolidan, se enquistan y crean unos mecanismos prácticamente automáticos con los que reaccionamos ante las situaciones que vivimos.

Por ejemplo: la niña que aprendió a no enfadarse, de adulta sigue “portándose bien”, sigue evitando mostrar su desagrado o rabia para sentirse más aceptada por todos (a pesar de que en realidad lo que hace es pasar por alto sus necesidades, opiniones y límites).

El niño que aprendió a no llorar, de adulto sigue reprimiendo sus sentimientos para que los demás no le vean vulnerable ni débil (aunque en realidad está perdiendo el contacto con sus verdaderas emociones).

Todos y cada uno de nosotros hemos construido un ego en nuestra infancia, aunque alguno de ellos sean más visibles o reconocibles que otros.

Nuestra máscara es tan profunda e inconsciente que acabamos fusionándonos con ella, creyendo que es parte de nuestro carácter, de nuestra esencia… En la vida adulta, esa defensa infantil tan limitante deja de tener sentido.

Las actitudes que en su momento resultaron útiles y nos ayudaron a sobrevivir y a defendernos ante el medio, se acaban convirtiendo en una jaula en la que no tenemos libertad de movimiento, que sólo nos deja reaccionar de manera automática una y otra vez. Nuestra verdadera esencia, nuestras cualidades y posibilidades se van apagando hasta quedar totalmente olvidadas…

¿Qué puedo hacer con mi ego?

En algún momento de nuestra vida nos damos cuenta de que tenemos actitudes que nos hacen sentir mal, que nos dañan. Es síntoma de que el juego del ego empieza a desgastarse, que ya no nos funciona igual que antes.

Ese “despertar” a veces llega de la mano de alguna dificultad en una relación personal, de un problema determinado o simplemente de la intuición de que podemos vivir la vida de manera más ligera y más plena.

Es el momento de tomar la valiente decisión de convertirnos en investigadores de nosotros mismos y de empezar un proceso terapéutico que nos ayude a desenmascarar nuestro ego: conocer su origen, saber de qué se disfraza, con qué argumentos nos engaña, para qué nos sirve…

En ese trabajo interior iremos descubriendo qué mecanismos nos han dirigido sin saberlo durante toda nuestra vida y cómo podemos empezar a abrirnos a nuevas posibilidades más sanas y equilibradas.

No obstante, no debemos olvidar que durante mucho tiempo el ego ha cumplido su función y nos ha ayudado a defendernos y a sobrevivir. Detrás de nuestras reacciones neuróticas en realidad se esconde el niño o la niña herida que una vez fuimos, que sigue intentando ser visto y querido a través de unas actitudes que ya no tienen demasiado sentido.

Una vez descubierto, más que verlo como un enemigo contra el que hay que luchar, el trabajo pasa por reconocerlo, aceptarlo y aprender a gestionarlo. Con su aceptación, la máscara irá perdiendo fuerza y dejará más espacio a nuestro verdadero ser, que irá poco a poco recuperando su sitio y permitiéndonos vivir una vida más sana, libre y plena.

Imagen cortesía de pixabay.com

Maldito ego. Cómo descubrirlo y manejarlo Clara Dini Llobet
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Resumen: La Psicología se viene ocupando del estudio del ego en un intento de ayudar al ser humano a comprenderse y aceptarse.

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