¿La pobreza nos hace intolerantes?

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La crisis económica en España ha disparado la brecha entre ricos y pobres.

Según un informe de Oxfam Intermón, entre 2013 y 2014 las 20 mayores fortunas españolas aumentaron su riqueza en 15.540 millones de dólares y poseen hoy tanto como el 30% más pobre de la población.

El 1% de los más ricos poseen tanto como el 70% de los ciudadanos y tan sólo 3 individuos acumulan una riqueza que duplica con creces la del 20% más pobre de la población.

Esta desigualdad extrema golpea especialmente a las capas más pobres de la sociedad, no sólo a nivel económico sino también en lo que respecta a su salud y esperanza de vida.

Además, ahora sabemos que podría afectar igualmente al carácter de las personas, generando una clase de ciudadanos más intolerantes y demasiado dispuestos a juzgar a los demás. Por sorprendente que parezca, los moralistas estrictos no son los ricos, sino los pobres de entre los más pobres.

Esta es la principal conclusión de un nuevo estudio realizado por los científicos sociales Stefan Thau de INSEAD, en Singapur, y Marko Pitesa de Grenoble Ecole de Management, en Francia.

Thau y Pitesa tuvieron la idea de que los pobres, al sentirse más vulnerables a las malas acciones de otras personas, reaccionan ante este temor generalizado atacando preventivamente a cualquier individuo que amenace el orden social; y sintiéndose víctimas, careciendo de cierta seguridad económica, tienden a juzgar duramente a los demás como mecanismo de defensa frente una sociedad cruel e indiferente a su sufrimiento.

Los científicos pusieron a prueba esta idea con una encuesta y un experimento. En la encuesta se emplearon datos del World Values Survey, un proyecto global que ha utilizado muestras de casi 100 países desde 1981. Para este estudio, los científicos reunieron más de 18.000 respuestas de 56 países.

Aparte de los ingresos del hogar, también se recogió información sobre la tasa de inflación. Se examinó la dureza de los juicios morales de cada sujeto en un amplio rango de comportamientos, desde mentir hasta evadir el pago de impuestos, y se controlaron otras variables como el empleo, la etnia o la clase social. Los resultados apoyaron la idea principal.

Tanto unos ingresos más bajos como una mayor inflación se vincularon a juicios morales más severos. Es importante destacar que la inflación afectaba a los juicios morales sólo en aquellas personas que eran relativamente pobres, en ningún caso a quienes tenían ingresos por encima de la media.

Al parecer, las personas pobres se sentían aún más vulnerables cuando, debido a la inflación, veían mermados sus pequeños ahorros. Thau y Pitesa querían descartar la posibilidad de que ser pobre, por regla general, convierte a la gente en negativa y perjudicial.

Así que pusieron en marcha un experimento en el que se manipuló la percepción de la situación financiera de los sujetos, haciendo que algunos se sintieran relativamente pobres y otros relativamente afortunados. Luego se les preguntó acerca de su sensación de vulnerabilidad y de su capacidad para hacer frente a los desafíos. Finalmente, se les pidió que juzgaran dos tipos de delitos.

Algunos eran atentados contra las personas -agresiones no provocadas, por ejemplo. Otros, delitos contra el orden público -proferir blasfemias, por ejemplo. Los científicos esperaban encontrar que el nivel de ingresos sólo influiría en los juicios morales sobre actos dañinos contra individuos porque sólo estos delitos son personalmente amenazantes.

Y precisamente eso es lo que encontraron. Aquellos individuos que carecían de recursos financieros juzgaron con mayor severidad los delitos contra las personas y con una menor dureza los delitos sin víctimas.

Es más, los resultados mostraron claramente que las personas más pobres son más vulnerables a los avatares de la vida, y que esa sensación de vulnerabilidad es la que a su vez da lugar a que se juzgue más severamente a los demás.

Salud mental y pobreza

Según un interesante estudio de revisión dirigido por Catherine DeCarlo (2013) las relaciones entre pobreza y salud mental siguen una lógica circular, de tal modo que las condiciones socioeconómicas adversas incrementan el riesgo de experimentar problemas psicológicos, a la vez que la enfermedad mental implica un mayor riesgo de exclusión social.

La pobreza supone una serie de acontecimientos estresantes como tensiones económicas, conflictos familiares, cambios de residencia, desempleo, menores oportunidades educativas, etc, que somete a las personas a circunstancias sobre las que difícilmente tienen control. Esta exposición continuada al estrés se ha relacionado con una mayor incidencia de trastornos psicológicos.

Por otra parte, la enfermedad mental implica también un mayor riesgo de pobreza, ya que puede interferir con el nivel educativo y/o laboral que una persona alcanza. Además, las personas con trastorno mental a menudo tienen que hacer frente al estigma social y a los prejuicios, lo que implica una barrera adicional a la hora de encontrar un trabajo y disminuir así el riesgo de pobreza y exclusión.

Nota del Editor

Se comparte para su descarga el documento “Psicología y pobreza. Papel del locus de control, la autoeficacia y la indefensión aprendida”, firmado por Oscar Galindo y Rubén Ardila, en el que se realiza una interesante revisión de los aportes realizados por la psicología al entendimiento de la pobreza.

Imagen cortesía de Leroys vía Pixabay.com

¿La pobreza nos hace intolerantes? Unai Aso Poza
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Resumen: La pobreza, además de ser un concepto económico, también es abordable como concepto psicológico y de interacción social.

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