¿Por qué no empezar a ver los conflictos como oportunidades?

Raquel Gil de Prado
Compartido por

Conflicto es una palabra que nos evoca disputas, enfados, riñas, problemas, discusiones, cuestiones difíciles o “imposibles” de resolver. No es una palabra que guste, ¿verdad?.

En nuestra mente siempre aparece acompañando a situaciones desesperantes o, más bien, que nos desesperan (ya que las situaciones en sí no son desesperantes, es el valor que nosotros le damos, y en ocasiones sería útil plantearnos si otras personas reaccionarían igual si les ocurriese “eso mismo” que nosotros vivimos como conflicto, quizá nos sorprenderíamos al reflexionar sobre ello).

Cuando hablamos de conflicto, suele haber una emoción de enfado entre medias. ¿Eso significa que esta emoción sea negativa? Es desagradable, no hay duda de ello, pero tiene una función, nos ayuda en el sentido de que aparece para informarnos de que algo nos está dañando. Nos alerta, nos moviliza: nos lleva a actuar para remediar la situación.

Con frecuencia el enfado es confundido con agresividad, cuando ésta es una sola de las formas en las que el enfado puede expresarse. El enfado puede canalizarse de otras maneras, simplemente escribiendo, hablando o “descargándolo” a través de la realización de algún tipo de actividad.

En nuestra percepción de las cosas se haya el enfado, y no necesariamente significará que haya alguien que se haya portado “mal” con nosotros. Esa persona puede habernos dicho algo y nosotros entenderlo como un mensaje con doble sentido.

El lenguaje a menudo da lugar a equívocos: da igual que sea hablado o escrito, y si no se cree esto último sólo hay que pensar en la cantidad de discusiones que pueden surgir a raíz de un mensaje de whatsapp.

Por ello, con el fin de evitar malentendidos, una buena idea es la de esperar un poco si vemos que abordando el tema que nos molesta vamos a ser incapaces de manejar la agresividad. Saber esperar y trabajar la paciencia, puede sernos muy útil.

Cuando nos sintamos más tranquilos y dispuestos a escuchar a la otra persona, sus razones y su visión de la situación, ya se podría sacar el tema y hablarlo. Podremos así gestionar mejor la emoción de enfado: sin agredir a la otra persona, entendiendo que cada uno es diferente y que cada uno puede hacer sus propias interpretaciones.

Igual que a veces nosotros no somos comprendidos por alguien, a pesar de poder estar haciendo esa persona grandes esfuerzos por “ponerse en nuestra piel”, a nosotros nos pasa lo mismo, y no siempre entendemos los mensajes en el sentido que el emisor pretendía.

El enfado, recordemos, está en nosotros mismos, ya que son interpretaciones que hacemos. No podemos, por tanto, culpar a la otra persona desde que comenzamos a sentir enfado, habrá que esperar a mediante el diálogo, ver otra visión del suceso que tanto nos perturba.

Usemos el “estoy enfadado/a porque al decirme esto he sentido que…” en lugar de “estoy enfadado/a porque has hecho/dicho esto…“. Atreverse a mostrar las emociones sentidas, nuestras necesidades, nuestros intereses… facilitando la comunicación con los demás, y si tenemos dudas del sentido de una frase dicha por otra persona, o de una acción ¿no será mejor preguntar?.

Volviendo ya a los conflictos, éstos pueden ser “silenciosos”. Imaginemos una pareja, donde puede que una de las partes no esté de acuerdo con la otra, o puede que ninguna esté de acuerdo, pero no se atrevan a decírselo. Aparentemente están bien, porque no hay bronca o discusión, pero esto ¿significa que están bien? La respuesta es casi obvia: algo pasa.

El conflicto existe aunque no se haya expresado abiertamente, está latente y terminará surgiendo tarde o temprano. Quizá cuando las diferencias sean más grandes, y se haga así más difícil la reconciliación, el consenso, por la agresividad que puede mostrarse al ser expresada la disconformidad después de tanto tiempo.

A los conflictos, como se dijo al comienzo, se les asocia con lo negativo. Entonces, ¿los conflictos son negativos? No tienen por qué, los conflictos pueden ser muy positivos, ya que nos sirven para “revisar” situaciones. Nos pueden hacer evolucionar, mejorar algo.

Podemos hallarnos en una actitud conformista, asumiendo unas determinadas circunstancias que no nos acaban de gustar, pero a las que nos hemos acostumbrado… El conflicto puede aparecer como una voz de alarma, y es que: si no nos movemos del equilibrio, no nos movemos del lugar en el que estamos.

Gracias a ellos podemos acabar buscando distintas alternativas y tomar decisiones importantes. Podemos crecer, aprender… Si me siento mal, si noto que algo falla ¿será que necesito cambiar ese algo? Los conflictos pueden ser “conflictos”, o pueden ser oportunidades de crecimiento.

Pueden ser la clave para que nos adaptemos a una situación nueva (porque nuestro entorno, al igual que nosotros, está en continuo cambio, no es estático). En una relación, el que se genere un conflicto puede servirnos para revisar los intereses de cada uno de los implicados. ¿Es tanta la diferencia? ¿o podemos llegar a un acuerdo?

Si sabemos gestionar el conflicto, la relación quedará fortalecida, al ganarse la confianza en ella por el hecho de ver que puede sobreponerse a las dificultades y desavenencias.

Por todo lo anterior ¿por qué no empezar a ver los conflictos como oportunidades? Eso sí, para que sirvan como tales deberán ser abordados, ya que cerrando los ojos al conflicto y evitándolo no solucionaremos nada, seguirá estando allí, no nos permitirá avanzar.

¿Por qué no empezar a ver los conflictos como oportunidades? Raquel Gil de Prado
Valora este artículo

Resumen: Las relaciones humanas están llenas de conflictos, que pueden también ofrecer oportunidades para el enriquecimiento y el desarrollo personal.

3.5

De utilidad


Opinión del lector: 4 (4 votes)

Tags: ,



Back to Top ↑