¿Dónde está mi príncipe azul?

LaguntzaTe
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Ayer vi de nuevo “Pocahontas” y me pregunté si me habían enseñado algo los cuentos clásicos en los que el príncipe se convierte en rana; perdón, en los que la rana se convierte en príncipe.

La mayoría son iguales; aparecen princesas muy rosas con sus hadas volando alrededor y viendo la vida pasar a través de la ventana. Princesas con el currículum vacío, sin estudios ni trabajo; y generalmente con diez neuronas menos o con el encefalograma plano. Muy monas para montar en sus carrozas, recién salidas de la peluquería; pero sin saberse la capital de España, o la tabla del 1, ¡huy! de que me suena esto…

Ahí están ellas sin interés por la vida, apesadumbradas, acongojadas, apenadas y tristes hasta que un buen (fatídico) día aparece un hombre, qué digo hombre; un príncipe hecho y derecho, con su armadura impoluta de matar dragones y a veces con un zapato de cristal en la mano, buscando a esa princesa prisionera de su cárcel (mental), para liberarla de no se sabe qué, y poder sentarse juntos a comer perdices el resto de sus vidas.

Irónica descripción de unas princesas, que enseñan a las niñas las técnicas básicas para poder sentirse débiles y soñar con el amor dependiente e insano, de unos príncipes que educan a niños a parecer siempre fuertes y a no llorar nunca; y de unos finales felices muy alejados de la realidad a la que toca enfrentarse.

Y me pregunto yo; ¿dónde están las princesas feas, el aborto, las separaciones, la diversidad funcional, la homosexualidad, las infidelidades o la libertad de la mujer?, porque no lo encuentro por ningún sitio.

Nos han hecho creer que la mujer es indefensa y está atada al hombre, que después del beso final no hay puntos y aparte, que comeremos perdices, y que la belleza está en el maquillaje y no en el corazón; pero se han olvidado de enseñarnos que una princesa se puede enamorar de otra princesa, que el amor se termina, pero las personas continúan, que una mujer independiente vale más de lo que pesa, que las suegras y las sillas de ruedas existen aunque no salgan en la tele,  y que el amor de pareja no trae la felicidad.

Y, creyendo que es lo correcto, caminamos con la autoestima baja, inertes, caducando la vida y esperando a que llegue ese príncipe azul, desgastado de tanto usarse, que nos quitará libertad pero nos prometerá dependencia eterna y amor verdadero. Tendemos a  partirnos por la mitad, para poder buscar a nuestra media naranja, sin darnos cuenta de que nosotras mismas somos la naranja entera, y de que no nos faltan; ni mitades, ni capacidades.

Hay que aprender a sentir la vida sin compañía, igual que disfrutamos cuando estamos con alguien, porque hay que saber quererse para poder querer “bien” a los demás. Y es que hay infinidad cosas por descubrir ahí afuera, para las personas que han decidido no esperar a nadie y salir a buscarlas.

Que no nos cuenten cuentos, porque sabemos que se puede querer a muchas personas, pero necesitar, lo que es necesitar, solo nos necesitamos a nosotras mismas; así que tirar al príncipe azul por el váter, porque si alguien nos quiere de verdad, ni será príncipe, ni será azul.

¿Dónde está mi príncipe azul? LaguntzaTe
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Resumen: Las autoras nos ofrecen una interesante reflexión sobre el amor y la diversidad en el proceso de emparejarse.

3.5

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  • Nortecounselling consultores

    Chicas, coincido con vuestra apreciación, pero… tengo cosas que agregaría.
    Esos cuentos son muy viejos y si bien siguen operando en el inconsciente colectivo, difícilmente lo hagan a nivel racional. Es más, si una mujer hoy no se diese cuenta de ello, tendría que ser vuestra cliente.
    Esos cuentos tenían mucho sentido en una época que podemos considerar menos artificial que la presente, signada por la violencia de toda laya y donde se buscaba sustraer a la mujer de ella: ningún hombre quería que su esposa e hijas fuesen a leñar el bosque o hacerse mutilar en la guerra con el vecino, y tomaban esas faenas para sí, dejándolas a ellas en casa con los críos.
    Este macho protector y proveedor es el que tantas mujeres siguen usufructuando hoy, mientras tienen sus estudios y trabajos para sí mismas y nos colocan a nosotros en ese lugar de sentirnos débiles y soñar con el amor dependiente e insano de un empresario que nos dé empleo para mantener a nuestra familia.
    Mucho es lo que se viene rescatando a la mujer de una victimización hoy ya dubitable, y muy poco lo que se piensa en el varón esclavizado a la actual brutalidad de la economía, si es que quiere gozar de una familia. Ya sabemos que la mujer no tiene que estar sometida a nada: lo sabemos los hombres pero mucho más lo saben las mujeres.
    Vayan pensando en el día internacional del hombre.

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